Artes Hoy
 

Tamerlano


Esteticismo puro


Por Jorge Barraca Mairal


TAMERLANO

Música de Georg Friedrich Händel.
Libreto de Nicola Haym.
Dirección Musical: Paul McCreesh.
Dirección de escena: Graham Vick.
Escenógrafo y figurinista: Richard Hudson.
Coreógrafo: Ron Howell.
Iluminación: Matthew Richardson.
Intérpretes: Ann Hallenberg (Tamerlano), Plácido Domingo (Bajazet), Isabel Rey (Asteria), Sara Mingardo (Andronico), Renata Pokupic (Irene), Luigi De Donato (Leone).

Coro y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid).
Madrid. Producción del Maggio Musicale Fiorentino.

Funciones del 26 de marzo al 11 de abril de 2008.

Fotografía: Javier del Real

 

Tamerlano es una de las óperas más interesantes de Händel. Carece de la brillantez de Giulio Cesare in Egitto o de Rinaldo; no está encaminada a deslumbrar con gran aparato. Su música, pese a ser ágil y dinámica en muchas ocasiones, transmite más bien melancolía y tristeza. Se mueve por el camino de la contención y su espíritu es más bien oscuro. Por esa singularidad y la riqueza de motivos presente en su partitura, resulta un título tan atractivo, y todo un reto para los escenógrafos actuales.

TamerlanoGraham Vick concibe la obra como un todo estático, y así lo representa manteniendo invariable una misma estructura a lo largo de los tres actos. El poder de Tamerlano y sus decisiones arbitrarias que a todos frustran se representan por medio de una colosal pierna que pisa una enorme esfera (el mundo, que es, a la vez, el trono mismo del tirano). Esta pesada escultura gravita en todo momento sobre el escenario, a veces cerca de los protagonistas (aplastándoles literalmente), a veces a una mayor altura. Junto a este elemento básico, aparecen otros, momentáneamente, como un elefante polícromo, una escultura de animales, armas, telas, etc. Sin embargo, merced a la intervención frecuente de unos figurantes-bailarines, que dibujan con sus cuerpos variadas escenas y se mueven en una coreografía equilibrada y de bella plasticidad, y una iluminación siempre climática, se escapa de la monotonía y se representan las emociones que la música sugiere.

Paul McCreesh, una autoridad en la dirección de música antigua y barroca, supo obtener una sonoridad especialmente delicada y cuidada de la Sinfónica de Madrid. Para los músicos fue todo un reto conseguir esta armonía con sus instrumentos modernos, a la que ayudaron el continuo del clave y la tiorba. La proyección del sonido, sin embargo, no fue muy grande, lo que en un marco como la sala del Real supuso un cierto problema. Las dinámicas de McCreesh, su fértil rítmica, su lirismo contenido y, sobre todo, su control para organizar toda la arquitectura de una obra de cerca de cuatro horas de duración, resultaron magistrales.

TamerlanoEntre los cantantes hubo una excelente coordinación y un magnífico equilibrio. Domingo, asumió el reto de cantar una ópera barroca y un papel tan exigente como el de Bajazet, y su participación fue una gratísima sorpresa. Es inhabitual escuchar una voz tan hermosa y brillante en una ópera de estas características, por lo que los mínimos problemas de articulación y coloratura que tuvo carecen de importancia. Pese a lo que se suponía, el estilo fue bien asumido y su profesionalidad imperó a lo largo de todas las funciones.

Ann Hallenberg fue un buen Tamerlano de clase indiscutible, aunque su dicción no siempre fue tan precisa como sería deseable; la proyección de su voz también resultó muy limitada. Actoralmente su concurso resultó divertido y ágil.

El personaje de Andronico —probablemente el de mayor protagonismo vocal— fue servido por Sara Mingardo con una gran musicalidad y delicadeza. Pintó un amante doliente y herido en el alma, lo que se reflejó en una proyección del sonido siempre comedida. No obstante, se echó en falta una mayor brillantez vocal en los momentos de bravura y lucimiento que también alberga su rol.

Buenas fueron también, sobre todo por carácter, la Asteria de Isabel Rey y la Irene de Renata Pokupic. Si la primera empezó algo titubeante y fue ganando calidad a lo largo de la ópera, la segunda exhibió desde su misma entrada un timbre de esmalte bellísimo, una absoluta precisión en la emisión, que se aprecia de escuela depurada, y un perfecto ajuste al canto barroco. En fin, cabe augurar una extraordinaria carrera a esta mezzosoprano croata.

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Nº 33 - Mayo de 2008
12/05/2008

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