Artes Hoy
 

Il burbero di buon cuore


Un placer sencillo


Por Jorge Barraca Mairal


IL BURBERO DI BUON CUORE (EL CASCARRABIAS DE BUEN CORAZÓN)

Música
de Vicente Martín y Soler.
Libreto de Lorenzo Da Ponte.
Dirección Musical: Christophe Rousset.
Dirección de Escena: Irina Brook.
Escenógrafa: Noëlle Ginéfri.
Figurinista: Sylvie Martin-Hyszka.
Iluminador: Vinicio Cheli.
Intérpretes: Elena de la Merced (Angelica), Véronique Gens (Madama Lucilla), Cecilia Díaz (Marina), Saimir Pirgu (Giocondo), Juan Francisco Gatell (Valerio), Luca Pisaroni (Dorval), Carlos Chausson (Ferramondo), Josep Miquel Ramón (Castagna).
Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid).

Madrid. Nueva Producción del Teatro Real, en coproducción con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona.

Funciones del 1 al 18 de noviembre de 2007.

Fotografía: Javier del Real


Il burbero di buon cuoreContemporáneo de Mozart y músico celebérrimo en su época, Vicente Martín y Soler era conocido hasta hace unos años únicamente por un fragmento musical que el genio salzburgués había introducido, como cita, en su Don Giovanni: próximo ya el final de la ópera, en la cena que ha dispuesto el libertino para la estatua del Comendador, los músicos en escena tocan unos compases que el criado Leporello identifica al instante ("Bravo!, Cosa rara"). Una cosa rara es el título de la ópera que Martín y Soler había estrenado poco antes en Viena, con gran éxito de público y, como vemos, incluso con la admiración del mismo Mozart. Afortunadamente, la recuperación musical de aquel periodo ha impulsado no sólo la realización de montajes y grabaciones de esta página del autor valenciano, sino también desempolvar algunas otras óperas de mérito como este Burbero di buon cuore que presenta el Real.

Estrenada triunfalmente en 1786 y basada en una de las más conocidas comedias de Carlo Goldoni, cuenta con un ingenioso libreto de Da Ponte que posee algunos golpes de auténtico genio, como el número en que Ferramondo canta la partida de ajedrez que imagina ganará pronto con Dorval o aquel en el que Valerio se hace pasar por un afectado comerciante de modas. Sin duda, la partitura de Martín y Soler está llena de gracia, de ágiles y felices dinámicas y de melodías sugestivas aunque realmente en ningún momento se ofrece algo más que artesanía de oficio, no hay instantes de genialidad, momentos de inspiración para un recuerdo posterior. Es una música siempre agradable, perfectamente trabada, un recreo para los sentidos, que se queda en el patio de butacas.

Il burbero di buon cuoreLa dirección de un especialista en el barroco y clasicismo como es Christophe Rousset ha servido a esta música de forma perfecta. El director francés ha ofrecido una lección de estilo y ha logrado extraer de la Sinfónica de Madrid un sonido dulce y aterciopelado idealmente armonizado con la partitura. Sus dinámicas fueron siempre equilibradas, su cantabile en el acompañamiento de los intérpretes absolutamente delicado. En fin, su aportación sin duda ha permitido poner el acento en lo más interesante de estas funciones: la música de Martín y Soler.
En cambio, a la dirección escénica de Irina Brook puede ponérsele más peros. Para empezar por lo menos justificable, hay que mencionar la incoherencia de situar toda la acción sobre un salón-vestíbulo que parece representar un hotelito (mostrador, tablero para las llaves de las habitaciones, etc.) ¿cuál es la justificación para esta transformación de la casa de Ferramondo? Por otro lado, los personajes van vestidos con ropas de hoy en día y, al inicio de la ópera, durante la breve obertura, vemos a Valerio salir semidesnudo de la habitación de Angelica, con la que se ve que ha pasado la noche; sin embargo, pese a estos detalles que ambientan la obra en la actualidad, el hermano de Angelica pretende ingresarla ¡¡¡en un convento!!! porque ha dilapidado su dote.

Por fortuna, el montaje tiene, para contrarrestar estas incoherencias, otras aportaciones bastante más felices, fundamentalmente dos: la agilidad con que están dispuestas las entradas y salidas de los personajes por todos los espacios (lo que contrarresta el estatismo que Da Ponte dispuso para la obra) y la riqueza gestual de los intérpretes, cuidada por encima del resto de los detalles. Gracias a estas aportaciones, el espectáculo se siente vivo y ameno.

Il burbero di buon cuoreEl elenco funcionó bastante bien, con equilibrio y buen oficio en todos los casos. Elena de la Merced encarnó a una Angelica delicada y musical, que aprovechó especialmente los instantes más líricos de su personaje. Véronique Gens es una intérprete espléndida y dibujó a una Madama Lucilla perfecta tanto musical como en su trabajo de actriz. Correctos en sus papeles están Cecilia Díaz como Marina y Saimir Pirgu como Giocondo. Algo más justo, aunque siempre con una buena línea vocal, es el Valerio de Juan Francisco Gatell. Bueno, también, el Castagna de Josep Miquel Ramón, pues supo transmitir perfectamente la actitud “filosófica” del sirviente. Todavía mejor fue el Dorval de Luca Pisaron, que posee una voz de calidad. No obstante, la estrella de las funciones fue indiscutiblemente Carlos Chausson, pues logró una auténtica recreación del gruñón Ferramondo. El barítono aragonés dio la medida ideal de este papel por su canto timbrado y perfecto de estilo, su gestualidad medida, nada histriónica, su soltura por el escenario y su naturalidad. Gracias a su mérito se engrande este Ferramondo de Martín y Soler hasta el punto de aparecer como un antecedente de los personajes que luego coronarán la historia de la ópera bufa como Fígaro, Don Magnifico o Don Paquale.

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Nº 28 - Diciembre de 2007

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