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Primavera Sound 2007, la avenida de la sirena.
Por Xavier Valiño
Jeff Tweedy, al frente de Wilco, estuvo casi en las antípodas, aunque no tanto como en otras ocasiones, ya que se permitió sonreír y pedir que le cantasen "oe oeoeoe...". Se movió más entre los tiempos medios, corriendo un riesgo que no es nada común en conciertos al aire libre y al que siempre se sobreponía, y cuando se arrancaba con sus tormentas eléctricas quedaba claro que es el grupo de rock más compenetrado y engrasado de la actualidad. Además, cuando en uno de sus conciertos recupera el mejor momento de Summerteeth, "A Shot In The Arm", como fue el caso aquí, lo tiene todo ganado. No fueron los únicos triunfadores. Con Spiritualized, en acústico y gospel, con un trío de voces negras -o sea, como Howe Gelb, pero con el coro mucho más integrado-, parecía como si Jason Pierce hubiera abrazado la religión, y algunos alcanzaron la gloria -¿espiritual?- con él. Por muy visto que lo tengamos por aquí, Jonathan Richman estuvo mejor que nunca, en sólo 40 divertidos minutos que pusieron en pie a todo el Auditorio. Robyn Hitchcock, en compañía de Peter Buck
y Scott McCaughey, sacó brillo con una apabullante confianza en
sí mismo a sus eficaces melodías, mientras que Los Planetas
hicieron su concierto, con mazazos rítmicos de la batería,
una voz que se entendía, nervio, seguridad y actitud. Aunque hay
que reconocer que quien más ganas le echó fue Mac McCaughan,
al frente de Portastatic, poniendo toda la intensidad en canciones pop
que en disco no parecen tener ni la mitad de fuerza. Otros grandes momentos de los vividos entre el viernes y el sábado fueron los conciertos de The Fall, con un Mark Smith pasado de rosca, pero no por ello menos rabioso, demostrándole a muchos quién puede ser verdaderamente punk sobre las tablas, y Black Lips, uno de los escasos grupos de garage que nadie debería perderse. Mientras Evripidis And His Tragedies contagiaron un pop radiante, del que casa perfectamente con el Festival Internacional de Benicassim, Battles deslumbraron con algo así como la ‘deconstrucción’ del rock -‘matemáticas rock’, le llaman-. Y Sonic Youth, reinterpretando entero su Daydream Nation, volvieron a convencer con un noise-rock que parece seguir tan vigente como en el momento de su edición, allá por 1988. Menos unanimidad hubo en otros conciertos. Por ejemplo, en el Patti Smith, con demasiados tiempos muertos, reinterpretaciones sin pulso del "Smell Like Teen Spirit" de Nirvana o el "Soul Kitchen" de The Doors. Solamente levantó algo los ánimos en versiones como las de Jimi Hendrix ("Are You Experienced?"), Rolling Stones ("Gimme Shelter"), Bruce Springsteen ("Because The Night") y Van Morrison ("Gloria") y en la aturullada interpretación final de su "Rock And Roll Nigger". Oakley Hall, aun luchando contra un horario temprano, se descubrieron como unos dignos administradores del rock americano con raíces, aunque todavía les falta mucho para llegar al listón que marcan Wilco, modelo de referencia en algunos de sus temas. Blonde Redhead empezaron apabullando al personal, aunque a los pocos minutos se repetían demasiado en canciones que no parecían querer diferenciarse unas de otras. Por su parte, el nuevo e interesante proyecto de Damon Albarn, The Good, The Bad & The Queen, más de ambientes cerrados, hubiera ganado más en el Auditori: fue bastante complicado oír sus canciones entre los potentes sonidos que salían de los escenarios próximos de bandas como Lisabö o Isis. Algo parecido se puede decir de Low: en el escenario ATP la opinión de cada cual dependía mucho de la situación del espectador frente al mismo, ya que según la ubicación los conciertos sonaban allí mejor o peor.
Más decepcionantes resultaron Modest Mouse, tal vez uno de los grupos más sobrevalorados de la actualidad, aunque el escenario ATP se quedó pequeño para ver a un grupo que ha sido número 1 en los USA y que debería haber tocado en el escenario principal. Curioso que Johnny Marr se haya decidido a unirse a ellos, refrendando algo anecdótico del Festival: el papel de gregarios de lujo de estandartes de los 80, como Peter Buck al lado de Robyn Hitchcock y Paul Simonon en The Good, The Bad & The Queen. Mientras The Buzzcocks masacraban sus canciones debido al alcohol que -era evidente- habían consumido antes de saltar al escenario, Múm parecían un grupo distinto a aquel de ambientes gélidos y embrujadores que conocíamos hasta ahora: en su lugar, con cambio de formación incluido y con resultados muy claros, aparentaban ser un cruce entre The Sugarcubes y Barrio Sésamo. En cuanto a la organización, una vez más
funcionó casi a la perfección. Prueba es que en los tres
días se batió el récord de espectadores, llegando
a los 62.000, y con una tendencia imparable: el aumento de la audiencia
internacional que, aseguran, llega ya al 30%. Aun así, debería
mejorarse el transporte público -en especial la noche del jueves-,
hacer más ágiles las colas de entrada y salida –incomprensiblemente,
este año el Auditori estaba situado fuera del recinto, con excesivos
controles de pulseras y tarjetas todo el rato-, y separar unos escenarios
que se pisaban unos a otros continuamente. |
Nº
24 - Agosto de 2007
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