Artes Hoy
 

Il Trovatore

Un elenco desigual


Por Jorge Barraca Mairal y
Ana Isabel Ballesteros Dorado



Música: Giuseppe Verdi.
Libreto: Salvatore Cammarano.
Dirección Musical: Nicola Luisotti.
Dirección de Escena: Elijah Moshinsky.
Escenógrafo: Dante Ferretti.
Figurinista: Anne Tilby.
Iluminador: Mike Gunning.
Intérpretes: Francesco Hong (Manrico), Michele Capalbo (Leonora), Roberto Frontali (El conde de Luna), Irina Mishura (Azucena), Raymond Aceto (Ferrando), Amparo Navarro (Inés), Francisco Corujo (Ruiz).
Coro y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid).
Madrid. Coproducción de la Royal Opera House, Covent Garden con el Teatro Real.

Funciones del 7 al 29 de junio de 2007.
Fotografías: Javier del Real

Si bien la traslación histórica desde el Aragón y la Vizcaya medievales (los originales del drama de García Gutiérrez) hasta la Italia del Risorgimento (la contemporánea de Verdi) no provoca ya ninguna conmoción en los espectadores, los problemas de la dirección escénica ideada por Elijah Moshinsky siguen presentes en esta recuperación. En concreto se echan de menos soluciones más imaginativas para las transiciones entre cuadros, que se demoran incomprensiblemente teniendo en cuenta las posibilidades técnicas del Real. Igualmente faltan detalles escenográficos —sólo vemos decorados generales para enmarcar la acción— que ilustren convenientemente la acción o sirvan para caracterizar adecuadamente a los personajes. Por último, la mal elaborada kinésica para los actores (en particular su estatismo) y lo pueril de su gestualidad restan mucha credibilidad a este trabajo.

Il TrovatoreFrente a estos problemas son logros destacables el ritmo vivo conseguido en algunas escenas colectivas (sala de guardias, campamento gitano, convento, etc.), la cuidada, polícroma y muy climática iluminación, y, sobre todo, el proceso de enclaustramiento que, en esta ópera perennemente nocturna, sigue la acción. Se respeta así una de las características fundamentales del teatro romántico, a saber: la frustración de los anhelos de los protagonistas. Cuanto mayor es su ambición de libertad, cuanto mayor su deseo de movimiento, más angosto se va haciendo el espacio que los circunda. De este modo, si el primer encuentro de los personajes principales acaece en un jardín (supuestamente, el del castillo de la Aljafería), el último es en una mazmorra. El camino desde el espacio abierto y libre hasta el más cerrado de la prisión, pasando, entre medias, por el claustro o la ciudad sitiada suponen un fiel reflejo de lo que pasa por el alma de los actores. Cuando, en el último cuadro, Moshinsky encoge el escenario corriendo unas cortinas negras que delimitan los estrechos muros de la tenebrosa mazmorra, acierta con una solución que respeta la idea y el espíritu de la obra de García Gutiérrez.

La dirección musical de Nicola Luisotti fue muy meritoria, sobre todo por su lirismo, por su atento acompañamiento a los cantantes, de los que no perdió detalle, y por sus bien delimitadas diferenciaciones entre los momentos de dramatismo o vivacidad de la ópera y los más solemnes o delicados. En especial, resultó muy interesante su fraseo, siempre de amplio vuelo romántico, con amplios contrastes dinámicos, aunque sin perder nunca la respiración de los cantantes. En fin, jamás se permitieron los desajustes foso-escena y se controló muy bien el caudal sonoro de la orquesta para acomodarse a las distintas voces.

Il TrovatoreDespués de la cancelación de Roberto Alagna el Teatro Real tuvo que volcarse en la localización de un tenor que, si bien no de su nivel y celebridad, mantuviese el tipo en una página de tales exigencias. El caso es que con Francisco Casanova y el joven Francesco Hong se consiguieron salvar los muebles. El último, encarnó a un Manrico arrojado, valiente y de gran volumen, aunque no siempre bien matizado; aunque honesto y eficaz en su canto, el tenor debe aún mejorar mucho su actuación, pues a día de hoy es un pésimo actor. Mejor en ese trabajo resultó la Leonora de Michele Capalbo, que empezó con la voz algo descolocada (en la dificilísima página de entrada), pero que luego fue ganado soltura y empaque, para acabar con un último acto soberbio. Menos convincente vocalmente resultó Roberto Frontali como El conde de Luna pues nunca consiguió impregnar su voz de delicadeza, de dulzura y apostó siempre por el tono rudo y guerrero, incluso en arias tan delicadas como Il balen del suo sorriso, donde resulta imprescindible el matiz y un legato que dé el conveniente carácter a la página. En cambio, la Azucena de Irina Mishura exhibió una voz auténticamente verdiana, con una buena acomodación para cada uno de los climas, con potencia y homogeneidad a lo largo de todo el instrumento. Correcto sólo el Ferrando de Raymond Aceto, suficiente en la voz media, pero demasiado justo en los agudos.

Soberbio estuvo en este caso el Coro del Real, que, bien desplazado por la escena y con un papel muy protagonista, se mantuvo siempre empastado, afinado y rotundo. Magnífico trabajo pues el de Jordi Casas Bayer en su dirección.

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Nº 23 - Julio de 2007

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