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Los cuentos de HoffmannHierro forjadoPor Jorge Barraca Mairal Música de Jacques Offenbach. Libreto de Jules Barbier. Dirección Musical: Emmanuel Villaume. Dirección de Escena: Nicolas Joel. Escenografía:Ezio Frigerio. Figurinista:Franca Squarciapino. Iluminación:Vinicio Cheli. Intérpretes:Aquiles Machado (Hoffmann), Sarah Castle (La musa/Nicklausse), Laurent Naouri (Lindorf/Coppélius/Dr. Miracle/Dapertutto), Pierre Lefebvre (Andrés/Cochenille/Frantz/Pitichinaccio), L’ubica Vargiacová (Olympia), Isabel Rey (Antonia), Béatrice Uría-Monzón (Giulietta). Coro y Orquesta Titular del Teatro Real (Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid). Nueva Producción del Teatro Real, en coproducción con el Théatre du Capitole de Toulouse, el Teatro Regio de Turín y la New Israeli Opera de Tel Aviv. Teatro Real. Funciones del 4 al 23 de diciembre de 2006. La colaboración de nuestro coliseo con las óperas de
Toulouse, Turín y Tel Aviv ha permitido un desembolso considerable,
lo que ha hecho posible presentar una escenografía magnífica,
Por otro lado, los otros elementos del montaje completan el resto
de las fechas marcadas en la concepción de la ópera: los
personajes de los dos primeros cuentos visten de acuerdo con las modas
parisinas de mitad y final del siglo XVIII, respectivamente, mientras
que la Giulietta del tercero aparece con ropa propia de un baile de
máscaras veneciano. Hoffmann, por su parte, se presenta en todos
ellos en su faceta de bohemio romántico y es, de los personajes,
el que ostenta un atuendo más cercano al contemporáneo.
Ciertamente, fue en el segundo decenio del siglo XIX cuando Hoffmann
compuso los cuentos relacionados con el tema de los autómatas,
pero había sido el siglo XVIII, como siglo de la Razón
y del gusto por los adelantos técnicos, en el que se había
cultivado el interés por los muñecos mecánicos.
La tragedia de Antonia, tema del segundo cuento, al tener que elegir
entre una vida sosegada de tranquilidad conyugal y su pasión
por el arte del canto, pasión por la que no puede evitar optar
pero que la matará, representa bien un aspecto del espíritu
romántico iniciado en Alemania a finales del siglo XVIII y del
propio La batuta de Emmanuel Villaume, que hacía su presentación en el Real, resultó una grata sorpresa por su innegable calidad. En todo momento da vivacidad a la página, no cae en un lirismo vacío o dulzón (tan habitual en el acto de Antonia) y dibuja con dinámicas originales partes tan manidas como la Barcarola, el aria de entrada de Hoffmann o el aria de Olympia. Se muestra siempre atento a los cantantes y en comunión con una puesta en escena que, todo hay que decirlo, favorece el canto natural de los intérpretes. También concierta bien los difíciles tercetos y cuartetos, y las partes corales. Sarah Castle, como La musa-Nicklausse, le acompaña de forma excelente durante todo el tiempo. Con un canto versátil y una actuación excelente, da lo mejor de sí en el último acto, cuando despide al poeta; en cambio, queda algo apagada en la Barcarola, y no se conjunta bien con la Giulietta de Béatrice Uría-Monzón. Ésta, por su parte, cumple bien como carnosa veneciana, de buen cuerpo vocal, pero de dicción poco nítida. Excelente por su línea canora la Antonia de Isabel Rey, que parece estar muy cómoda al lado de Machado. Su papel es el de mayor vuelo lírico y en su actuación sabe pintar brillantemente la fragilidad y tensión del personaje. En ese rol tan singular en la historia de la ópera como es
la Olympia, que ha consagrado a muchas ligeras, L’ubica Vargicová
exhibe un instrumento de enorme proyección y un volumen extraordinario.
No es tan buena, en cambio, su coloratura, aunque sale bien parada en
las notas más comprometidas (Re bemol). Muy bien dirigida en
su actuación como la muñeca mecánica, combina la
fuerza de su voz con unos En las voces graves, Laurent Naouri es un malvado de enorme fuerza. Rotundo en las notas graves y firme en las agudas, sabe transmitir la energía y misterio de ese personaje (uno y plural) que se opone a Hoffmann a lo largo de toda la ópera y que supone, sin duda, el elemento más interesante dramáticamente de la partitura de Offenbach. Por último, es obligada una mención para Pierre Lefebvre que pone un buen contrapunto con su actuación en los papeles cómicos. Cabe concluir que el estatismo de los actores —quizás
el único pecado del montaje, derivado necesariamente de sus grandes
dimensiones— se ha visto compensado por una imaginativa puesta
en escena de Ezio Frigerio y una cuidada iluminación a cargo
de Vinicio Cheli. |
Nº 17 - Enero de 2007
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