Jonathan Richman, ingenio y figura
Sala Capitol, Santiago de Compostela, 28 de octubre de 2006
Por Xavier Valiño
A sus 57 años, en directo, Jojo, como se le conoce
con cariño, despliega
todo su arsenal para llegar al corazón de su público, en
la mayor parte de las ocasiones a través del humor, a veces de
forma natural y en otras plenamente consciente de lo que está haciendo
para lograrlo. Lo mejor que se puede decir de sus actuaciones es que todo
el mundo sale con una sonrisa en la boca, algo que casi nadie puede lograr
hoy, más o menos el equivalente de Woody Allen en el mundo de la
música.
Él, con su guitarra, sus historias y, recordémoslo, sus
canciones, se basta para llenar cualquier escenario. Cierto que a su lado
está el minimalista batería Tommy Larkin, compañero
en los últimos siete años, el único en la sala al
que no se le ve reír, si acaso un único atisbo de sonrisa
en toda la actuación. Pero la hora u hora y media de recital de
Jojo la podría solventar él solo sin ningún problema,
como hacía ya antes de contar con su fiel escudero.
Además, en sus conciertos españoles, entre temas en inglés,
francés e italiano, siempre incluye numerosas canciones en castellano,
jugando con un idioma que parece nacido para pasarlo bien, como demostró
con una inesperada versión rumbera del "Volando Voy"
de Kiko Veneno que hizo que la asimilación entre ambos no pareciera
fuera de lugar.
Eso,
que lo acerca más a sus seguidores por aquí, y que, parece
mentira, nadie hace igual en este idioma, es, también, el único
pero que se le puede poner a sus conciertos en España: sus canciones
en castellano son minoría en sus discos y, además, tampoco
lucen al mismo nivel que sus clásicos en inglés. En cualquier
caso, cuando consigue el efecto terapéutico de la sonrisa, se convierte
en algo perfectamente perdonable. Y si, además, eso lo hace cada
pocos meses, como Woody Allen, la vida se transforma en algo más
llevadero.
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