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Carlos Giménez: Todo Paracuellos


DeBolsillo, Barcelona, 2007. 601 págs.



Por Iván Gallardo

A ti, Gema, que existes palpitando en mis venas.


Los políticos españoles sin duda próceres con una aquilatada formación intelectual y con una indubitable vocación de servicio al público- han decidido que "el pueblo" no se preocupa lo suficiente por conocer la historia más reciente de su país y que prefiere oootra de gambas al tostón de leer un libro sobre su pasado, y, por lo tanto, van a aprobar una ley para decirnos qué debemos saber y pensar sobre la cosa. Es decir, nos vuelven a tratar, por enésima vez, como a menores de edad, incapaces de informarse de manera independiente. ¡Pero qué manía le tienen estos políticos paternalistas a la libertad del individuo para conocer sobre lo que soberanamente le dé la gana! Y como legislar sobre la memoria individual o sobre la historia es odiar la libertad, qué mejor rebeldía contra la desmemoria general de los españoles y contra las imposiciones de su casta política que leer narraciones gráficas como las de Carlos Giménez, que lleva treinta años haciendo memoria histórica sin coacciones desde el terreno del arte, y no desde el escaño. Precisamente, para celebrar los treinta años de la primera edición de la obra Paracuellos la editorial De Bolsillo ha lanzado al mercado la serie completa, compuesta por seis libros, en un solo volumen muy bien editado a un precio mucho más que razonable una bicoca, vamos- y con un extraordinario prólogo de Juan Marsé, cuyo mundo literario tantos rasgos comparte con el cómic de Carlos Giménez.

Todo ParacuellosParacuellos. Quizá esta sola palabra evoque, resuma lo peor de la historia de España y el fracaso de la convivencia entre los españoles. ¡Cuánto horror y fanatismo contiene esa palabra! De ahí que Carlos Giménez la haya escogido como título para toda su obra, como símbolo aglutinador, aunque la mayoría de sus historias no sucedan en esa población. Paracuellos es el testimonio de las experiencias de los niños internos en los Hogares del Auxilio Social de Falange (el Batalla del Jarama, el Joaquín García Morato, el General Mola, etc.) durante la posguerra. Esos terribles sitios en donde iban a parar los hijos de los vencidos y los niños más pobres, aquellos cuyas familias no los podían mantener. Más de cincuenta historias veraces que recogen las vivencias del propio autor, que permaneció ocho años en cinco de aquellos hogares, pero también basadas en documentos (cartas, fotos...) y recuerdos de otros niños que pasaron por aquellos colegios, testimoniando una existencia miserable, de pedernal, en unos internados que no eran otra cosa sino el reflejo quintaesenciado de lo que sucedía al otro lado de sus tapias, en el país entero.

En primer lugar, en esos hogares a los niños les esperaba el hambre. Omnipresente. Un hambre que apretaba a todas horas en aquellos cuerpecillos famélicos. A veces había que aguantar con un cuscurro de pan duro todo el día, y cuando ni siquiera se disponía de esto, o cuando les castigaban sin comer, no quedaba otra que masticar papel, cocinar un trozo madera o buscarse la vida de cualquier forma. Pero la apoteosis aparecía los días de visita (primer y tercer domingo de cada mes), momento en el que los que tenían suerte se atiborraban, por si acaso, "no sea que lo quiten, dentro de la barriga está seguro" con el paquete de los familiares, y los que no, los huérfanos o abandonados, los más parias, siempre pedigüeños, zascandileaban alrededor de los primeros: "si me das un higo te dejo que me des un puñetazo con todas tus fuerzas" o "si te comes este gargajo que hay en el suelo te doy una onza de chocolate" o los que juraban ser su esclavo (los "domados" les llamaban) al que tenía una manzana si le cedía la parte pocha o el que hurgaba en los devueltos para reciclar lo aprovechable, aunque claro, los tropezones siempre tenían un gusto algo acidillo...

Todo ParacuellosPero junto con el hambre, en aquellos recintos habitaba algo peor: el miedo. El miedo a las continuas palizas de Antonio, el instructor de Falange, que en todos los hogares está dibujado con la misma cara, en todos dice palabras similares, se comporta de igual manera y tiene el mismo nombre, porque en el fondo, el horror no tiene rostro y sólo es igual a sí mismo, sobre todo desde la mirada de un niño. Palizas que a veces dolían más en el alma porque si no desaparecían las marcas de los hematomas a tiempo al chavalillo no le dejarían ver a su madre el día de visita... También les tenían pavor a todas las maestras, que con golpes brutales, palabras inhumanas sin ningún atisbo de cariño, y castigos salvajes aplicados con saña, arrancaban de cuajo, bestialmente, la inocencia y la ingenuidad de aquellos ojos. Nadie debería perder la infancia de esa manera.

Aquellos niños, cuya peripecia no aparece en los libros de historia porque su biografía es humilde, ellos, que han sido nuestros padres o abuelos, ¡hay que recordarlo!, deberían ser un referente moral para cada uno de nosotros, porque su vida es una lección de humanidad que hoy ya no se aprende. Sus cuerpos enclenques a punto de quebrarse, las cabezas pelonas y tiñosas, las orejas de soplillo doloridas por los sopapos, las caras hostiadas, los enormes ojos arrasados por el miedo y la humillación, siempre asustados, los sempiternos pantalones cortos, astrosos, las rodillas con raspones y costras, las canillas huesudas, los enormes zapatones... inspiran una infinita ternura y compasión.

En aquellos implacables patios de Monipodio, cloacas del terror, infectos de repugnante adoctrinamiento, en medio de la desolación, esos niños crearon una flor extraña y delicada: la supervivencia. Establecían entre ellos una ambigua relación: inocencia y crueldad, solidaridad y violencia a partes iguales. A veces se ensañaban con el compañero más débil, otras lo protegían de manera casi irracional. Con el meón, con el cagapoco, con el tullido, con el beato... al fin y al cabo, con cualquiera que no fuese nadie. Extorsión, venganza, mezquindad, pero también profundo compañerismo y bondad; la bondad de los que se saben iguales en la desgracia y el oprobio. Así son las historias, las mil anécdotas que conforman este cómic de Carlos Jiménez, que mueven por igual a la compasión y a la indignación por lo que allí se cuenta. Porque es capaz de "decir" algo profundamente humano, este tebeo es una herida de luz conmovedora.

Todo ParacuellosY aunque todo eso está ahí, en las alforjas de la intrahistoria de los Años Triunfales, hay que saber contarlo. Por eso se debe reconocer la enorme maestría de Carlos Giménez en el manejo de los recursos expresivos de la narración con imágenes, la perfecta arquitectura de sus historias, dibujadas con la tinta de la vida, como aquellos tebeos sobados y aprendidos de memoria - El Cachorro, Juan Centella, Roberto Alcázar y Pedrín, El Coyote... que una vez salvaron, con la imaginación y el talento, a unos chiquillos abandonados por la felicidad. Por eso, entre tanto dolor, me quedo con los chispazos líricos del cómic, con las grietas de la esperanza, como esa viñeta en la que después de que un chico se ha desprendido de todo su dinero, una peseta, para que le den su primer beso, unas palomas blancas se posan, liberadoras, sobre el cartel de Paracuellos del Jarama.

Y uno siempre se pregunta, ¿qué habrá sido, después de la terrible experiencia de los Hogares, con cada uno de ellos? Y, a veces, la respuesta parece tan sencilla, y la lección que encierra tan compleja...

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Nº 25 - Septiembre de 2007

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