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Antonio Gamoneda: Un armario lleno de sombra


Galaxia/Gutenberg. Barcelona, 2009. 238 págs.



Por Julia Sáez-Angulo


Aunque el autor es poeta, Antonio Gamoneda ha hecho aquí un ejercicio de narrador; no quería que la metáfora o la hipérbole poética se introdujera en el texto y desvirtuase el contenido real de una crónica vivida y hecha a través de la mirada, las mociones y los sentimientos de un niño. El autor llegó a León en 1934, procedente de la húmeda Asturias para curar el asma. Allí se desarrolló su aprendizaje de adolescencia y juventud, en medio de un barrio obrero de la periferia y con un libro de poemas de su padre, un poeta menor, que le puso en camino del pensamiento poético. Ese libro y la enciclopedia Sopena era todo el haber libresco de su casa.

La poesía es para Antonio Gamoneda una emanación de la existencia, nada tiene que ver con la narración (el autor tiene en su haber algunos cuentos), que conlleva una lógica diferente. Como narrador de Un armario lleno de sombra, Gamoneda se muestra estricto y ascético, lo cual no quiere decir que su discurso sea poemático más que poético.

Estas memorias de infancia son duras, un relato triste de un huérfano al que la madre, quizás con poca pedagogía, muy al uso, se encargaba de recordar al muchacho su situación de huérfano. La orfandad del padre marcó al niño que va y viene a la memoria del autor adulto. El armario es un símbolo muy claro de esa mujer que tanto supuso para el pGamonedaequeño en su afecto y en sus rebeldías ante ella. Un armario inasible y misterioso que le lleva a escribir una elegía profunda de una mujer y un niño que han de abrirse camino; un niño que entra como recadero de un Banco, que se interesa por la literatura y busca con empeño la segunda edición de la Antología de Juan Ramón Jiménez que le abrirá el horizonte literario.

Una historia llena de elementos diminutos de la vida, llenos de candor y elocuencia sobre el tiempo y el perfume que emanaba ese tiempo oscuro en su memoria y seguramente también en su realidad. El personaje real, el niño hace inquisiciones de muchos instantes que se le plantean de frente. Es un narrador sustentado por un poeta poderoso, que sin querer mostrarse como tal, deja ver sus parámetros. El fulgor del pasado se manifiesta majestuoso en la palabra que no quiere juzgar, condenar o aplaudir, simplemente desvelar la presencia de hombres y mujeres buenos y malos a su vista y sentir de niño.

El inconsciente se desvela en esta narración maestra, abierta y cerrada en sí misma. El trueno de la tragedia de la guerra civil de 1936-39 se destapa con prosa tersa; la posguerra es aún más dramática. Años de descubrir los misterios de la naturaleza, del deseo, de la desolación…

Se diría que el poeta/escritor cierra los ojos (como hace físicamente cuando habla) para concentrarse en aquel tiempo y descubrir la concatenación de historias varias que conforman este libro hecho de la propia existencia. Un libro donde aparecen las palabras óxido, nieve, luz blanca y otras que también están en sus poemas, en sus imágenes como El libro del frío. Un libro que narra un hecho existencial del autor al tiempo que se hace literatura.

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Nº 46 - Junio de 2009

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