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Julián Ríos: Quijote e hijos


Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, Barcelona, 2008. 200 págs.


Hallazgos de la relectura



Por Gilberto Prado Galán


Es posible advertir, en todos los autores ensayados, la ecuación literatura-relectura, perdón por la rima consonante. No se relee el periódico; no se releen, tampoco, las novelas de ocasión ni la literatura escrita con buenos sentimientos. En Quijote e hijos numerosas son las obras que no disimulan su filiación cervantina. El recorrido comprende textos o, mejor, texturas de, por ejemplo, Thomas Mann, Arno Shmidt, Nabokov, Machado de Assis, James Joyce, Julio Cortázar, entre otros.

Julián RíosEl ensayo que prueba la admiración de Mann por el Quijote se lleva a cabo a través de una singladura o, en la simetría en cruz, singlando una travesía: Mann viaja hacia América y lleva la novela del hidalgo en ristre. La relee y la comenta. La prosa de Ríos, erizada de anagramas, contrapiés, palíndromos, paráfrasis, esto es, juegos de variaciones semánticas y sonoras, funge como espejo para mirar lo que ocurre en ese barco: los encuentros y desencuentros de Mann, su nostálgica estancia en la nave y, además, la incisiva indagación psicológica del novelista sobre los personajes/personas que habitan el Volendam. Es un ensayo que muestra la cara del mar y sus afluentes: los trazos y retales de la literatura en sus márgenes: "El libro de los libros de Cervantes pasa y se repasa en la órbita del orbilibro sin fin de Finnegan. El sueño eterno por los ciclos de los ciclos de la historia le hace eco al eterno sueño despierto de don Quijote, de claro en claro y de turbio en turbio, reducido demasiado alegremente en alguna fase y frase turbia del libro de Joyce a Donkey shot, coz de asno o de Alonso Quijasno" (p. 31). Este solo pasaje muestra las irisaciones de los calambures a la orden del día y de la noche. Destaca, por supuesto, el hermoso palíndromo orbilibro.

Una de las obsesiones temáticas ?e incluso ma-temáticas? de Ríos es la obra de James Joyce (en Quijote e hijos la apoda joyceánica): ese incesante juego de enigmas que despierta a cada lectura. Las perspectivas multiplicándose. La cascada de interpretaciones que no agotan un libro (me refiero al Ulises) polifónico y polimorfo, tan sugestivo como estimulante. Basta detenerse, por ejemplo, en el significado hermético del número 13. Los entrecruzamientos de la vida y la literatura. Recordemos que Ríos inventó el neologismo escrivivir, una conjunción de palabras como paradigma y destino. "Joyce y la tía Josephine" y "Joyce, por ejemplo" alientan una complementariedad insoslayable.

El ensayo intitulado "El dominio de Arno" se lee con cerebro y corazón aliados. Las vicisitudes experimentadas por Claude Rielh, quien consagró/dedicó sus días a la traducción de la obra de Arno Shmidt, el desencantado e irónico autor alemán nacido en Hamburgo. Ríos enlaza vida y literatura, anécdotas y libros, encuentros y lecturas, y admite que se decanta por los libros de la primera etapa de Shmidt "de prosa tan bien tallada como exacta, calculada al milímetro, que detallan sin concesiones la ignominia nazi, los desastres de la guerra, las estrecheces de los primeros años de la posguerra, el borrón y cuenta vieja de las dos Alemanias cada vez más conformistas, el resurgir de la intolerancia política y religiosa" (p. 104).

"Rayuela a saltos" es un entrañable retrato de recuerdos y proyectos: conversaciones con Octavio Paz y con Julio Cortázar. El antes y después del gran Cronopio. La reminiscencia del escritor argentino desde la soledad de su muerte y las sucesivas resurrecciones a través de sus libros y de sus palabras. La presencia decisiva de la literatura de Cortázar en escritores de nuevas generaciones (como Eloy Fernández Porta).

Quijote e hijosUno se acerca de modo distinto al discurrir narrativo de Joaquim María Machado de Assis tras haber leído el abordaje sereno de Julián Ríos en Quijote e hijos. Mi relectura, por ejemplo, de "Misa de gallo" aportó vislumbres distintas: el diálogo del joven de 17 años con una treintañera malcasada evidencia una acumulación insinuativa a caballo entre la ternura y el deseo. Es un magnífico botón que demuestra. Y nada diré aquí de mi relectura (la literatura es re-re-re-lectura) de "El alienista": una perla con varios niveles o escalones de sentidos. Grados de la lectura, le llamará Ríos en uno de los dos ensayos dedicados a Nabokov. Las visiones y revisiones de Lolita (sus precursos y poscursos) y la aproximación de Pálido fuego, hazaña literaria con ambición de orbilibro: lectura y translectura: "Un texto también tiene una realidad gradual, que aumenta con nuestra capacidad de lectura. Y Nabokov aspira a que los lectores de sus libros conozcan verdadera y lo más exactamente posible su realidad, lleguen a verla y apreciarla como el autor. Por eso se equivocan los que pretenden que Nabokov quiere demostrar a toda costa que es más listo que sus lectores. Al contrario, quiere que el lector sea, como diría Baudelaire, su semejante, su hermano" (p. 177).

Cierra el paseo/pasadizo de autores y obras inscritos en la tradición de La Mancha un cuestionario (apólogo/epílogo) para desentrañar los pivotes del humor en sus varias faces y facetas. El equívoco final es delicioso. Quijote e hijos logra su principal y único objetivo: posibilitar una relectura que abra puertas y ventanas al mar sin fin de la mejor literatura.

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Nº 42 - Febrero de 2009

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