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Amalia Vilches: Fernando Quiñones. Las crónicas del hombre


Alianza Editorial. Colección Literaria. Madrid, 2008. 482 págs.



Por Julia Sáez-Angulo


Quiñones fue un personaje singular en su tierra, en su ciudad, donde cuenta con una estatua en La Caleta. Ahora ha sido motivo de un homenaje patrocinado por Unicaja Obra Social en una hermosa biografía escrita por Amalia Viches, profesora de literatura.

El recorrido narrativo va desde la infancia, del niño que lee a trabajar en el Readest Digest; su amistad con Rafael Alberti y Jorge Luis Borges; matrimonio con la italiana Nadia Consolani; una hija, Mariela; el flamenco como pasión, paseos por La Caleta…

Amalia VilchesJuan José Téllez destaca en el prólogo titulado "Fernando Quiñones, instinto y sabiduría" que la biografía al cabo de los diez años de la muerte de La canción del pirata no puede ser más oportuna ya que abarca la figura humana de un hombre heterodoxo y su obra, a veces olvidada.

"Quiñones nunca fue del gusto de los cenáculos literarios. De ahí que la oficialidad academicista trazara de él un retrato robot que, en cierta medida constituyó una cruel caricatura: la jovialidad de su talante, las jocosas anécdotas que atesoró para sí y para los suyos en el transcurso de los años, le confirieron una imagen superficial que sirvió para que algunos popes del ramo llegaran a despreciar su obra hasta extremos tan injustos como ridículos", señala Téllez.

Quiñones ganó en 1960 el premio literario del diario La Nacion de Buenos Aires con "Siete historias de toros y de hombres". En 1971 se dedicó por entero a la literatura. En 1987 recibe el Premio Casa de las Américas.

La profundidad del escritor gaditano, la belleza de su lenguaje se aprecia con fuerza en sus poemas y en textos como este:

"La única fuerza capaz de marcarle un gol definitivo al Tiempo, de igualarnos en él, de neutralizarlo y vencerlo es la muerte. Se muere uno y ya está libre de la pejiguera del tiempo, ya está tan con su abuela como con Napoleón y los primeros faraones de Egipto. No hay primera ni última fila, palco de tornavoz ni gallinero: todo es localidad única en el Gran Teatro de la muerte cuyas ignoradas pero seguras taquillas desde luego nos esperan. Tan a todos que no sé que tribu africana llama encantadora y medio políticamente a los difuntos "la mayoría absoluta", escribió Quiñones.

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Nº 40 - Diciembre de 2008

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