Emilio del Río: Tu nombre ha florecido. Antología
Prólogo: Pedro Miguel Lamet
Editorial Vitruvio, colección Baños del Carmen. Madrid, 2008. 203 págs.
Te llamaré silencio
Por Mª Ángeles Maeso
Tu nombre ha florecido recoge poemas de sus
diez libros más un pequeño grupo de inéditos. Un
recorrido cronológico que permite las constantes predominantes
de su poética: Dios y la naturaleza. "Haced esto en memoria
del brotar de las fuentes/ que traen paraísos para los nuevos tallos/
Tomad, bebed. Mi sangre", dice en el poema Cena II del primer libro,
y la antología se cierra con la contemplación de la nieve
cayendo "del corazón del aire/ de la gracia (…) sobre
la tierra en luchas y en estragos/ de hambres, de guerras y de destrucciones/
del poder que estrangula. Desde el tiempo/ de Noe, preparado para el arca".
Un magnífico broche final.
Con esos dos ejes crea una trenza de motivos que recogen
la experiencia humana esencializada, reflexiva y celebradora del vivir
religado y trascendente. Una poesía aérea que late entre
la raíz telúrica y el cielo. El aire es quien sacude nuestro
ser más azul, el aire que presenta al ser niño que fuimos,
capaz aún de estremecer a los pájaros, es el espacio de
estos poemas. "Tú ya estás en el aire" es el título
del poema dedicado a la muerte de su madre, en el que afirma: "no
existe el tiempo ni el espacio,/ es el viento" En el bellísimo
poema (Las avenidas) donde "resuena el niño en la raíz"
glosa a Jorge Manrique y la metáfora que simboliza nuestras vidas
no son los ríos, sino las avenidas que dan título al poema:
"Somos las avenidas
que dan al mar, eucaliptos ocres
del camino en silencio, haciendo calle
al mar hermoso que nos brotó niños
entre palabra y sueño."
Ese habitat de silencio es el generador de valor, a él
acuden los diminutos sonidos, las bellísimas imágenes de
una naturaleza que mueven la mirada del dolor hacia un panteísmo
celebrador de la existencia, como expresa en uno de sus sonetos de gran
intensidad lírica (Lo que pudiera el viento) en el que
comprobamos cómo este poeta alcanza con su palabra la función
que él le adjudica al artista: "hacer saltar las fuentes sobre
los campos áridos".
La fe es el secreto y el misterio. Esta cita
de San Juan de la Cruz basta para explicar lo nuclear de su poesía,
una fe que, desde el primer libro, incluye al ser humano ("¡la
fe en el hombre abraza el universo entero!") y la fe en la palabra
("Todas las rosas tienen un nombre que no muere")
Es
ante esta capacidad abarcadora de la experiencia religiosa para alcanzar
lo humano donde los calificativos (política, religiosa, feminista,
nacionalista…) que adjudicamos a la poesía retoman su mera
función adjetiva para nombrarla a secas. Poesía, heredera
de Juan Ramón Jiménez: sustancia alimentadora, esencial,
metafísica, pero que bebe también de otras fuentes. Cuando
la experiencia del dolor se resiste a su misterio, los poemas de poeta
victoriano Gerar M.Hopkins, del que tradujo al castellano su largo poema
El naufragio del Deutschland, le prestan su tensión y
su desgarro especialmente en los poemas de América noche y
alba. Este libro fue escrito durante su estancia de dos años
por tierras de Nicaragua, ("qué solitariamente cósmico
estoy solo") lugar donde el poeta vivió la peor experiencia
de su vida, el terremoto que asoló en diciembre de 1972 Managua:
"el ronco golpe de la tierra/ lejano y resonante como de olas profundas"
"Pasajeros del día / americanos de las polaroids / yo os invito
a este cementerio" Echo de menos entre los poemas recogidos de este
libro, el titulado Mixco en la noche, cuyos primeros versos poseen
una virgiliana serena inolvidable: "Ya no estaba el pastor de Leopardi/
Era la noche primordial./ La lenta ubre del cielo/ dejando que la luna
inundara los valles."
La tragedia de Managua, que dejó miles de víctimas,
la pondrá el poeta en relación con la experiencia de Hopkins,
testigo de un naufragio, en uno de los poemas de Salmos de la palabra:
"La tempestad, ¿quién es?" Pregunta que persiste
a pesar de que libro atrás la dejara denostada con una bella imagen:
"Esta avutarda/ de preguntarnos quién sacude el viento…"
Emilio del Río (Valdanzo, Soria, 1928) autor también
de un interesante ensayo sobre ("La idea de dios en la generación
del 98", 1973), publica su primer libro de poesía en 1965,
pertenece, pues, a la generación de poetas de los cincuenta, que
como él publican sus primeros libros en los sesenta. En este grupo,
lo religioso, tal vez por la inflación devocional de la década
anterior, no abunda demasiado. Así lo ha señalado Angel
Luis Prieto de Paula en sus estudios sobre esta generación, donde
señala la poesía de Emilio del Río como "decididamente
esencialista y reflexiva".
Esta antología que ofrece Vitruvio bien merece
nuevos lectores, que la poesía de Emilio del Río rompa los
cercos adjetivos de lo religioso, que ojos nuevos disfruten sus hallazgos
expresivos; que alguien recoja su consigna: "Te llamaré silencio".
Tierra de mi raíz
Ser de Rosa que siempre llevo dentro,
desde más dentro aún que el centro mío.
Tierra de mi raíz y de mi río
y tierra de la tierra y de su centro.
Porque rebosa todo lo que adentro
guardo de Ti, yo mismo desvarío
si no te busco, término del río,
latido fiel del mundo que concentro.
Porque todo mi ser está en el tuyo
y flota y siente el mundo tuyo suyo.
Porque el más hondo corazón señala
tu mar y mi raíz tu tierra escala.
Porque eres Dios y yo soy hombre solo,
mi ser de rosa te pronuncia en todo.
Tu nombre ha florecido, Colección Baños del Carmen,
nº 150. Ediciones Vitruvio
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