Sándor Marái: La extraña
Salamandra, Madrid, 2008. 160 págs.
Por Mercedes Martín de la Nuez
Sándor
Marái llegó al mundo en 1900, a tiempo de contemplar de
primera mano las desgracias de las dos guerras mundiales. Nació
en plena decadencia del imperio austrohúngaro y aprendió
un discurso burgués de lamentación por la pérdida
de una época de esplendor. Eso le quedó grabado para siempre
en su vida y en su escritura, el sentimiento resignado e impotente de
la pérdida, que iba a verse reavivado con cada guerra. Combatió
en la I Guerra Mundial y sufrió la II contemplando las ruinas que
había que dejar atrás. Pero entre ambas guerras fue un escritor
de éxito, en Hungría y otros países. En 1934 publicó
A sziget, doce años después de la primera edición
de Duración y simultaneidad, del famoso filósofo
Henri Bergson, doce también de la publicación del Ulises
de James Joyce y sólo cuatro años después de que
Freud publicara El malestar de la cultura.
Además, a primeros de siglo el famoso filósofo americano
William James había publicado ¿Existe la conciencia?
y el surrealismo seguía dando al mundo un arte inquietante; en
general todo el mundo científico y artístico se preguntaba
si el hombre podía conocerse y más bien se respondía
que no. Las novelas adoptaban como regla general el fluir de la conciencia
y en los casos más conservadores el monólogo, en ellas el
tiempo pasado y el futuro se entremezclaban, la trama daba grandes saltos,
de la misma manera que lo hace la memoria, y era tan caprichosa como desordenada.
Este
es el caso de La extraña. Sándor Marái utiliza
el monólogo y la trama se ve cortada por el largo paréntesis
de los recuerdos. De todos modos, Marái no era de los innovadores,
sólo quería contar historias: sus argumentos son todos reconocibles
y sus temas parecidos (al menos de las obras publicadas en español):
la pérdida, la llegada de algo muy anhelado a destiempo, la resignada
impotencia, el desconocimiento de uno mismo.
Un hombre maduro ha perdido todo lo que tenía
"por una mujer". Su familia, su trabajo, su reconocimiento social.
Su mentalidad burguesa y reflexiva le impide aceptar que todo haya sido
por una pasión. Ya no se reconoce. Lo que conocía se ha
ido, él también. Ahora es otro, lleva otra vida desde que
se dejó arrastrar por las pasiones, una vida que lo mezcla con
la farándula y quizá el delito, y en la que no acaba de
encajar, pues aún conserva su modo reflexivo de mirar las cosas.
Ya no pertenece a su antiguo mundo, pero tampoco a éste. Termina
haciendo un viaje para ver las cosas de manera distanciada y así
recuperar su propio yo. Pero ese viaje es un punto de no retorno porque
hay vivencias que nos alejan de nosotros mismos y nos arrojan a la arena
como náufragos a un mundo extraño que ya no es el que era.
La
novela está compuesta de simbología. La vida como conciencia
(la duración bergsoniana), el ello y el super-yo freudianos, la
Grecia clásica y el imperio romano como dos tendencias del hombre:
su afán de trascendencia y sus instintos de vida y muerte, el calor
extremo propicio a la indolencia y al instinto… No es una gran novela,
aunque tiene momentos poéticos inolvidables, como cuando ante la
pérdida de la pasión, la pareja se mira como extraños,
pero sirve para explorar una época apasionante sin duda, marcada
por las Gran Guerra, el psicoanálisis y el irracionalismo.
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