Gonzalo Celorio: Tres lindas cubanas
Editorial Tusquets. México, 2006. 392 págs
Aciertos del nudismo autobiográfico
Por Gilberto Prado Galán
El título Tres lindas cubanas de Gonzalo
Celorio, que procede de un danzón, es la primera clave en este
libro que compendia o reúne las facetas de la novela, el ensayo,
la autobiografía, la recuperación intertextual, la poesía,
la crónica, el articulo periodístico y la viñeta
o estampa. La inteligencia compositiva traza, si atendemos a la disposición
orgánica de los discursos, la imagen de la trenza o, si la equiparamos
con una forma poética, la alternancia rimada del s erventesio.
Lo explicaré de otro modo: hay un avance cronológico significado
por los frecuentes viajes del escritor/protagonista narrador a Cuba y
un examen retro/introspectivo que consiste en la recuperación,
con la primera persona del singular como epicentro desde donde son proyectados
los alcances memoriosos, de retazos de la vida familiar e íntima
de las tres hermanas (Rosa, Virginia y Ana Maria) cubanas: la de en medio
es la madre de Gonzalo Celorio. Cada una de las hermanas reviste o colma
un sentido social, político y, sobre todo, afectivo: son imanes
que polarizan la sentimentalidad del escritor y cada una, además,
representa un vector en el difícil equilibrio entre los exilios
interior y exterior y México. Rosa, por ejemplo, vive varios años
en Miami. Ana Maria permanece en Cuba y simpatiza con la Revolución
y Virginia funge como polo equidistante respecto de sus hermanas y atraviesa
y experimenta la circunstancia de una mediación tan dolorosa como
difícil:
Muerta mi madre, sentí que
heredaba las voces antagónicas
de sus dos hermanas, Ana María,
que hizo suya la causa de la
revolución y murió en su seno, y
Rosita, que aún vivía, viuda,
alejada de sus hijos, en la
absurda soledad de un asilo de
ancianos en Miami. (p. 229).
Es ardid de la inteligencia esta disposición
imaginaria que refleja los jaloneos e ires y venires de los cubanos dentro
y fuera de la isla (disposición, por otra parte, evidente en la
negativa de Octavio Paz de saludar a César Lopez sólo porque
este escritor había gastados sus años en la soledad de la
isla): responde a la irónica mano de una realidad contradictoria
en donde el escritor funge como puente entre su madre y las tías
Rosa y Ana Maria; puente construido con regalos y con sorpresas (la escalada
en Miami en el viaje hacia Londres) y que tiene una prolongación
feliz y tangencial encarnada en los bombones que Alejandro González
Acosta y Gonzalo Celorio llevaban a la poeta Dulce Maria Loynaz, olvidada
en un caserón habanero, lejos de la fama y de la ventura literarias,
días previos a la obtención del Premio Cervantes.
La
historia de las Tres lindas cubanas es el sustrato amoroso y
tierno que alterna con esa lenta y firme retirada de la fe en la Revolución
cubana. Desencanto potenciado por la percepción homofóbica
y el egolátrico culto a la personalidad del comandante Castro,
padeciente como se dice en Tres lindas cubanas, de Castroenteritis.
La decepción respecto de la dicha revolucionaria es gradual, paulatina
y, en la zona intermedia del texto ("Isla a la deriva"), tan
palmaria como doliente:
"No hay libertad de tránsito. /Se requiere
la unidad de todos los cubanos para contender con el enemigo.
Cuando Castro entró en La Habana anunció
que se instauraría en Cuba un régimen democrático
y que pronto habría elecciones. / La invasión a Playa Girón
determinó el carácter socialista de Cuba y la implantación
de un régimen de partido único.
No hay comida. / Cuando un cubano come, todos los cubanos comen.
No hay libertad de prensa. / No hay analfabetos.
No hay gasolina. / La culpa de todas las carencias la tiene el bloqueo".
(p. 230).
Aunque el libro está dividido como ya dije en
dos partes, el capítulo bisagra se denomina "Isla a la deriva",
y en el conocemos la desaparición de la madre del protagonista
narrador y allí sobresale ese manojo/hato de contradicciones entre
quienes defienden aun el proceso de una utopía oxidada y quienes
se decantan por criticar no sin encono las decisiones y desvíos
de la Revolución.
Durante
esta gozosa travesía el lector, guiado por las palabras perspicaces
de quien narra, experimenta en su propio teatro sentimental una desazón
progresiva: se percibe con desesperante nitidez el paso del tiempo por
los cuerpos, descritos con precisión milimétrica por el
narrador, yo diría que con puntería de arquero medieval,
porque el relator recupera, dibuja, pinta, escudriña y despliega
un paisaje mental que pasma por la minuciosa mirada y, asimismo, porque
invita a quien lee a emprender un viaje hacia La Habana, hoy que todavía
la fe en la vitalidad del Comandante no desaparece del todo, y tras conocer
la malhadada noticia de la emergencia de un muro del tamaño de
la estulticia y de la estolidez del presidente norteamericano:
Me llamó la atención que, en
el pasillo que llevaba del
comedor a la cocina, se
dispusieran en el suelo,
formadas en una ordenadísima
hilera, diez o doce papas. La
tía me explico que tal medida
obedecía a una necesidad de
hidratación natural, cuyo
proceso yo no entendí bien
a bien, pero que muy poco
importaba frente a la
conclusión lapidaria de su discurso:
" Esta Revolución nos enseñó
el enorme valor de una patata" dijo. (p. 41)
Decía Alfonso Reyes que la palabra escrita nos ofrece lo que el
denomina la "sobreabundancia del servicio literario". Al leer
Tres lindas cubanas uno aprende de literatura mexicana, pliegues
y repliegues de narrativa y poesía cubanas, anecdotario copioso
donde impresiona el nudismo espiritual y físico del poeta tabasqueño
Carlos Pellicer y se aguza la sensibilidad hacia los episodios más
agitados y luminosos de la vida a flor de piel.
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