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Manuel Chaves Nogales: El maestro Juan Martínez que estaba allí.

Libros del Asteroide. Barcelona, 2007. 287 págs



Por Iván Gallardo

Primero llegó su impagable biografía de Belmonte –publicada recientemente por Alianza- y con ella el regreso a la prosa del barroco, ornato y delito, decíamos, tan andaluza. Y también algunas anécdotas que nos acompañan desde entonces, como la de Valle-Inclán cuando le comentó al matador "Maestro, para ser genial sólo le falta morir en la plaza", y Belmonte le contestó "Se hará lo que se pueda, Sr. Ramón, se hará lo que se pueda."

Después tropezamos con la que es sin duda la más interesante colección de cuentos escrita nunca sobre la guerra civil española, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, cuya temprana fecha de publicación (1937) nos impresionó profundamente.

Más tarde supimos algo de vida. Nacido en Sevilla, en seguida se dedicó al periodismo y alcanzó cierta fama escribiendo reportajes internacionales para los principales periódicos de la época. Republicano confeso, desde 1931 ejerció como director del diario Ahora hasta que el gobierno de la República se trasladó a Valencia en plena guerra civil, momento en el que decidió tomar el camino del exilio visto cómo se las gastaban algunas facciones del Frente Popular. En fin, que se dio cuenta de que un liberal como él, fiel al gobierno republicano, ya no pintaba nada en aquella vorágine totalitaria.

Nos parecía, pues, que la obra y biografía de Chaves Nogales debió resultar bastante incómoda para los dos bandos. Era un autor que había perdido la guerra, pero también había perdido la batalla de los manuales de literatura. Y en cierta manera resultaba previsible ese ostracismo al que le habían relegado (existen condenas explícitas hacia él por parte de gente como el falangista Foxá o de los comunistas) hasta bien entrada la democracia en España.

Por eso la aparición de El maestro Juan Martínez que estaba allí despertó verdadera expectación en nosotros. Sabíamos que se había publicado en 1934, y la fecha nos volvía a impresionar. Resultaba un híbrido entre una crónica periodística y una novela, en una suerte de indefinición genérica que la hacía todavía más excepcional para su época. La primera impresión fue inmediata: Chaves Nogales sabía lo que pesan las palabras. No abusaba de ellas y las trataba con sumo respeto y economía. Su estilo era antirretórico y no encontramos mejor manera de explicarlo que comparándolo con la puesta en escena de las películas de John Ford: transparencia.

Chaves Nogales se presentaba como transcriptor de la historia de Juan Martínez, un bailarín de flamenco que después de largarse con la Sole de España actuó junto a ella por los cabarets de media Europa, hasta que un empresario turco les contrató para actuar en Constantinopla. Allí les alcanzó el inicio de la primera Guerra Mundial y en su periplo por huir de la guerra dieron con sus huesos en la Rusia zarista. Y a partir de entonces, lo que todos hemos leído alguna vez pero nadie nos ha contado: la Revolución del 17, la guerra civil, el terror rojo y finalmente el azote del hambre. Y digo que nadie nos ha contado porque el maestro Juan Martínez, pobrecito bailarín de flamenco que estuvo allí, en la Rusia de la Revolución y la guerra, que quizá existió y le contó esta terrible historia, algo folletinesca, a Chaves Nogales en el Pigalle de París entre actuación y actuación, posee la habilidad del relato seco y verosímil, ése precisamente que tiene el don de transportar al receptor al escenario de los acontecimientos que se narran, ése que transforma en contemporáneo todo lo que toca. Por eso esta obra atesora una firme voluntad de evocación. Bueno, por eso y porque Juan Martínez no entendía nada de política, lo que le lleva a no interpretar. Testimonia acontecimientos que vivió en primera persona, pero no los descifra. Por eso en sus palabras tampoco hay introspección psicológica o digresiones. Todo es aquí y ahora. Lo cual al lector independiente le deja un amplio espacio para la libertad y para completar el texto desde la lectura, desde su ideología, su sensibilidad, su inteligencia y, por qué no, desde sus fobias, sus parcialidades y sus manías.

Resulta cuanto menos sorprendente que la mejor crónica sobre la Revolución rusa y la posterior guerra civil entre los bolcheviques y el ejército blanco, con cerca de diez millones de muertos, cifra que por lo menos nos debe poner en guardia sobre nuestra frivolidad, la realizase un especialista en castañuelas como lo era Chaves Nogales. No existe nada parecido a este libro. Es único en su género. Su lectura es espeluznante y al mismo tiempo sentimental, precisamente porque lo mira todo desde una enorme distancia, casi con despego. Es una crónica personal y a la vez histórica de tales barbaridades y sufrimiento que todavía hoy, casi un siglo después, parece difícil de asimilar. Difícil porque consigue algo al alcance de muy pocos artistas: decir el horror.

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Nº 21 - Mayo de 2007

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