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Andrea Canobbio: El natural desorden de las cosas

Editorial Salamandra, Barcelona 2007. 288 págs.

Una divina comedia actual


Por Mercedes Martín de la Nuez

Narración desordenada

La narración finge el natural desorden de las cosas, pero en realidad está todo medido, cerrado, calculado, como los jardines que diseña el protagonista. De modo que empieza por alguna parte y viene y va hacia delante y hacia atrás hasta que va tomando forma una trama, aparentemente una vida, pero los pequeños detalles encajan en el todo mayor, que sigue un designio, un diseño.

Claudio Fratta es un diseñador de jardines de éxito, también es el hijo de un empresario arruinado, el hermano de un adicto a las drogas, el hombre solo y acobardado hasta el punto de casi no hablar, el tío preferido de sus sobrinos. Por alguno de estos cabos empieza la historia, escucha una voz al teléfono que cree reconocer y va en busca de ella. Es una mujer que ha cometido un asesinato o quizá ha sido un accidente. Entre ellos hay un montón de silencios que esconden secretos que ni ellos mismos alcanzan a saber, pero intuyen. También entre Claudio y su padre hay silencios, y entre Claudio y Claudio mismo. Uno puede saber y no querer saber, hacer sin pensar, no alcanzar a ver las consecuencias de las cosas que empieza o deja pendientes. Vamos a ciegas, tal y como sucede en la vida real, o en el sueño que hace caer a Dante en el bosque, de modo que en la narración de Canobbio las cosas parecen no estar enlazadas, pero al final tienen algún sentido. Y lo mejor de todo es que pasamos del pasado al presente sin notarlo, suavemente, como cuando dejamos la mirada vagar atraídos por algún pensamiento.

Abundan los flashes poéticos que son como cortinas que se abren de repente y nos dejan ver el mundo que narra:
Rossi tiene una mirada de ciego, la tiende entre su mujer y yo, pero no nos ve a nosotros, modela su mundo ideal con la expresión de bondad obligada de los santos (...) Elisabetta Renal nunca mira al marido, amputa la esquina de la mesa, enarbola sus ojos-tijeras a la derecha y, zas, el hombre de la silla de ruedas nunca existió (p. 85).
Las hojas de los árboles que bordeaban la carretera hacían giros vertiginosos con el paso de los coches, pero sin intervenir, deteniéndose al instante (p. 108).

El caso es que Claudio no ve la causa de sus impulsos, se conduce como un niño que tiene hambre y llora, o tiene sueño y se duerme en cualquier parte. Es un personaje curioso. Habla tan poco, que el lector no se entera de que ha hecho cosas, algunas gestiones, por su cuenta, hasta que decide abrir la boca y de golpe te lo suelta.

Porque al final sí que estuve siguiendo a Elisabetta Renal. Sé a quién frecuenta, sé cómo se visten los hombres que frecuenta. Sé a quién ve por la tarde, por la noche. Pero no creo que vaya a contárselo a Rossi.

Divaga, su mente se pierde por los recovecos de lo que sucede en busca de un estímulo distante, de una vía de escape. ¿Por qué la mirada se va siempre hacia las esquinas, como el agua hacia el sumidero? (p. 178). Este divagar caracteriza la acción, que está llena de intermedios, acotada y señalada por el pensamiento que constantemente la analiza. Esto provoca la sensación de que estamos ante un idiota o un niño que ve el mundo por primera vez, ante un retrasado emocional, ante alguien con falta de iniciativa. Come, duerme y trabaja, piensa y espera a ver si la vida deja caer algo del árbol que le pueda servir a él.

Cecilia llevaba vaqueros y un impermeable ligero con el forro de rizo, iba despeinada, tenía ojeras, había engordado: para encontrarla atractiva y desearla habría hecho falta un esfuerzo de imaginación, pero nunca podía evitar pensar en una solución que me implicase en primera persona, una forma astuta para convertirme en padre tirando por cualquier atajo (p. 63).

Las palabras como desencadenantes de tragedia

Andrea CanobbioEl silencio del que hablamos arriba se opone a las palabras. Las palabras son enemigas, ellas traen las desgracias y los personajes se ven afectados de un mutismo que es una cuestión de supervivencia. Esto convierte la acción en una acción mental, una acción narrada, y los diálogos en un duro esfuerzo cuya meta no se conoce y cuyo éxito se ve constantemente frustrado por la mentira, el desencuentro y la vuelta al silencio.

Nunca habría que perturbar el silencio, pensé. Las palabras ponen las cosas en movimiento; el equilibrio, sea el que sea, se ve perjudicado por las palabras. Cuántas palabras más habría que decir para que retornase la paz (p. 209).

Pero esa paz es solo aparente, es como una bomba de relojería que alguna vez tiene que estallar y todos están preocupados por retardar ese momento.

¿Qué significa el silencio?, ¿qué lo ha desencadenado? Se trata del remordimiento, de algo que se ha hecho: algo en lo que apenas se piensa y sólo se vigila de lejos para que no despierte. Si podemos encontrar ciertos paralelismos con la Divina Comedia, como veremos en el siguiente punto, el silencio tiene un papel fundamental, tanto como incapacidad de hablar ante la representación del dolor como del placer supremo y, en todo caso, es un recurso poético de larga historia.

La Divina Comedia

Cuando Claudio se queda dormido, quizá por la insolación, quizá porque “dormirse” lleva a la hamartía, tiene un “sueño” semejante al de Dante en la Divina Comedia. Asciende por un bosque y encuentra a un personaje extraño que se ofrece de guía, Giulio Andreotti, también Gianciotto Malatesta, de la Divina Comedia. Su recomendación de que perdone contiene una negra ironía. Tanto Dante como Claudio llegan por este medio a las puertas del bosque-infierno. En el vestíbulo del infierno están los que no tomaron partido en vida por ninguna causa. Es posible que ese sea el estado del apático Claudio cuando se encuentra a Andreotti-Malatesta, que le advierte, con su sola presencia, de los peligros de la venganza.

Atravieso el bosque de castaños arrastrándome con las manos, me agarro a lo que puedo, raíces, ramas bajas, me destrozo las uñas, la punta de los dedos rojas de sangre, doloridas. Empiezo a maldecir, a dar puñetazos al suelo.
Alzo la vista. Delante de mí está el hombre de antes, pero ahora lleva una pesada chaqueta cruzada de lana negra. Es un anciano, pero todavía tiene el pelo oscuro, peinado hacia atrás y pegado al cráneo cuadrado, del que sobresalen dos orejas puntiagudas; sobre la pequeña nariz tiene unas gafas de montura gruesa. Se arrodilla, me lava las manos en un barreño, me desinfecta.
—¿Por qué esta rabia? Hay que saber perdonar —dice en actitud paternal (p. 246).

Es la idea de vengarse la que ronda a Claudio ahora que va a romper el silencio que lo protege. Es significativo que, al despertar, Elisabetta Renal no le sonría, sino que llore, al contrario que Beatrice al ver a Dante. Se trata de un mal augurio. Efectivamente, más adelante, sabemos que él ha tomado partido por la venganza.

En ese mismo bosque morirá la asignatura pendiente de Claudio con su padre, Mosca, en las garras de Durga, posiblemente el equivalente de la pantera o de la loba, en La Divina Comedia, representantes respectivamente de la lujuria y la codicia.

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Nº 19 - Marzo de 2007

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