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Sabino Méndez: Hotel TierraAnagrama, 2006, 316 págs.Por Esther Opla Asún Sabino Méndez se adentra por tercera vez en el mundo de la literatura consolidando con esta novela a modo de diario autobiográfico su carrera como escritor.
Pero Hotel Tierra no es sólo una escena costumbrista de la postmodernidad española, aunque de ésta tenga mucho. Este libro es la constatación de la evolución que ha sufrido su autor hacia una madurez en su vida y en su escritura. Con la consigna "La primera cosa que debes aprender
en este lugar es que uno no vivirá eternamente" (p. 193) comienza
un inquietante muestrario de la realidad como pura fragmentación
y fugacidad. Fragmentación del ser humano, "único ser
que duda de la realidad, precisamente por la conciencia de su incapacidad
de verse a sí mismo por completo" (p. 262). Fragmentación
de la cultura; del arte; de la sociedad que le ha tocado vivir, unos "tiempos
de insignificancia –tiempos de muchedumbre– [en los que]cualquier
cosa que sirva para diferenciarse de los otros tiene íntimamente
buena prensa, incluso los peores crímenes" (p. 43); de su
propio carácter, ya que se siente por momentos fuera de todo sistema
y reconoce en una lucha con Darwin que "le cuesta adaptarse al medio
y prefiere que el medio se adapte a él" (p. 46). Es desde
estas ideas desde donde surge su desapego por cualquier tipo de posesión
y por la idea de no tener que cuidar de nada, (de aquí igualmente
su gusto por los hoteles). Y por último, fragmentación de
su propia escritura, de modo que opta por el género de diario,
de nota Pero la narración sufre una evolución asimismo
dentro de Hotel Tierra. Vemos la subida al éxito
de su banda de rock, los episodios en los que miembros de ésta
lanzan por las ventanas el mobiliario en los hoteles, el juego con las
drogas que acaba siendo peligroso por su total adicción, motivo
que le lleva a abandonar la banda y dedicarse a su recuperación.
De estas escenas más realistas nos movemos hacia una escritura
mucho más poética, menos apegada a la realidad, que siempre
sin salir de ella, nos muestra la evolución del escritor en su
propio proceso de formación como tal, proceso basado en la importancia
de la observación como punto de partida hacia la escritura. Y Sabino,
ante todo, observa mucho y lo hizo mucho tiempo antes de lanzarse como
narrador, puesto que lo principal en este libro es la realidad y la racionalidad,
como algo en la mayoría de ocasiones más sorprendente que
la propia imaginación. Precisamente esta es la tarea del arte para
el autor: "confirmar que existimos dentro de lo real" (p. 262).
Pero esta existencia nos la muestra como un capricho de la naturaleza,
nosotros tenemos un limitado poder frente a ella, de modo que resulta
imposible luchar contra lo que ella nos impone. De esto se va dando cuenta
conforme avanza en edad y experiencias, porque mientras tanto, su juventud
es sacudida de lleno por la movida. Y a pesar de esta insignificancia del ser humano, el autor escribe en primera persona, lo que podría parecer una contradicción, queda bien justificado ya que "es la única manera en la que me siento autorizado a hacerlo" (p. 275).
Tras un suave sabor amargo que queda después de la lectura del libro, más duro por su tangible y cercana realidad sobre un momento de la historia española que no siempre se nos ha contado así, queda ese pequeño halo de esperanza que rodea a las pequeñas cosas de nuestro alrededor. Supongo que Sabino está mucho más feo
después de escribir este libro, si es cierto, como él mismo
nos dice a propósito de un amigo que quiere ser escritor, que "afearse
–que es un proceso que nos espera a todos– le conducirá
irremediablemente a la escritura" (p. 270). |
Nº 17 - Enero de 2007
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