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Manet invitado en Bilbao


Museo de Bellas Artes de Bilbao
Del 30 de junio al 4 de octubre de 2009


"El niño de las cerezas": La pintura esconde un drama



Por Alberto López Echevarrieta


Cada cuadro tiene su vida propia. Generalmente detrás del motivo reflejado hay una historia, simple o complicada, pero siempre hay un argumento en el que se basó el autor. El niño de las cerezas podía pasar por ser simplemente una de las obras de Édouard Manet en su primera época. Se admitiría su calidad y poco más. Sin embargo, ese retrato de un adolescente sonriendo, tratando de mantener sobre un muro un paquete abierto con cerezas, encierra todo un mundo en la vida de quien lo pintó.

El niño se llamaba Alexandre. Era de origen humilde y trabajaba en el taller de Manet limpiándole los pinceles y posando ocasionalmente para él. Una de las veces tuvo como resultado este cuadro contemporáneo con Bebedor de ajenjo y Música en las Tullerías, dos obras tratadas con seguridad en la intención e inspiradas en parte, sobre todo en la elección del tema de la vida cotidiana, por su amigo, el poeta, escritor y crítico francés Charles Baudelaire.

Manet le había cogido especial afecto al muchacho. Con harta frecuencia éste le había demostrado su interés por la pintura y miraba a su amo y señor como a un dios. Aquel El niño de las cerezasestudio de la calle Lavoisier de París carecía de vida si faltaba Alexandre. Por eso, cuando un día le encontró ahorcado en su propio taller, apenas si se lo pudo creer. "¡Si no tenía ni 15 años…!", dijo con lágrimas en los ojos. Aquel suicidio afectó sobremanera al pintor, que ya no quiso volver a trabajar en aquel lugar. El niño de las cerezas aún no estaba acabado, pero Manet rehusó volver a coger alguno de los pinceles que había tratado su ayudante. Tomó el lienzo y lo remató en su nuevo estudio de la calle de la Victoire.

El episodio fue evocado por la pintora Berthe Morisot, que conocía el caso a través de su esposo, Eugène Manet, hermano del artista. También Baudelaire se inspiró en este hecho cuando escribió el cuento La corde, que se lo dedicó a su amigo pintor, con destino a las páginas de "Le Figaro" y posteriormente editado en la recopilación titulada Le Spleen de Paris.

"Más de una vez posó para mí –asegura Baudelaire que dijo Manet- y lo transformé en gitanillo, en ángel y en amor mitológico. A veces, este muchacho me sorprendía con singulares crisis de tristeza precoz y que pronto manifestó un inmoderado gusto por el azúcar y el licor. ¡Cuál no fue mi horror y mi sorpresa cuando al volver a casa lo primero que vi fue a mi hombrecito, mi alegre compañero de vida, ahorcado en un saliente del armario!".

Posiblemente, el segundo mazazo sentimental se lo llevó el artista cuando la madre del pequeño le pidió al día siguiente la cuerda con la que se había ahorcado su hijo con el macabro objetivo de trocearla y vender los pedazos entre los vecinos del inmueble y hacer así negocio. A Alexandre le encontramos también en el grabado El muchacho y el perro (1862) de la Biblioteca Nacional de París. Aparece en el cuaderno 8 gravures à l’eaufort par Édouard Manet, editado por Alfred Cadart.

El cuadro El niño de las cerezas, adquirido en 1910 por Gulbenkian, llama la atención por su sencillez. En él encontramos dos centros de atracción: el retrato y la profundidad que le proporciona ese pequeño-gran detalle que son las cerezas que se le escapan al adolescente de la mano. Pienso al verlo en Caravaggio y en la pintura holandesa del siglo XVII.

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Nº 49 - Septiembre de 2009

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