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Francis Bacon


Museo del Prado. Madrid
Del 3 de febrero al 19 de abril
Comisarios: Chris Stephens; Mathew Gale (Tate Gallery); Gary Tinterow y Anne L. Straws (Metropolitan Museum of Art) y Manuela Mena (Museo del Prado)



Por Julia Sáez-Angulo


La presentación oral de la exposición en el Prado olía en exceso a deificación y creación de un mito; resultaba algo estomagante. Bacon es un artista de gran interés; un excelente pintor a la hora de manejar la materia y el color en las formas, fundamentalmente del cuerpo humano en toda su torsión de desagrado; honesto a la hora de ofrecer su visión e interpretación del mundo, nihilista en su interpretación de la vida humana como dolor, cópula y muerte. El montaje limpio y claro de Jesús Moreno merece un diez. Los cuadros de Bacon, con sus naranjas, violetas, rosas, verdes, negros y blancos destacan sobre hermosos muros en gris (lo contrario del caos en que se sumió el montaje de Rembrandt).

BaconEl Museo del Prado cogió en marcha esta exposición organizada por la Tate Gallery y el Metropolitan Museum. Fue un acierto porque está bien concebida y no plantea comparaciones con las obras de nuestra pinacoteca como ocurrió con la de Picasso, artista que quedó minimizado al contrastar su trabajo con paralelismo poco afortunado de otros maestros clásicos.

Bacon es un gran pintor/pintor; conceptualmente en exceso desesperanzado. No acaba de ver una brizna de aire fresco en la vida del hombre, al que ve fermentado en su propio humus, en su propia conciencia del mal. Lechos desangelados, desnudos en el w.c. o vomitando en el lavabo; costillas de un torso como una res de Soutine… La carne es triste, decía Mallarmé. A Bacon solo lo salva su hermosa manera de pintar, de aplicar el pigmento como una crema untuosa para dibujar estancias redondas, ovales o paralelepípedas a modo de cajas vacías con el hombre patético encerrado.

Autorretratos de su propia decrepitud final; un rostro que imponía con su mirada extraña, casi extraviada, en medio de una piel en declive. Se le vio en la exposición de la galería Fernando Vijande en el Madrid de los 80. Un personaje inquietante, como su propia obra salvada por la perfección de la pintura, aunque a veces tiene algo de gore, de película de Tarantino. La sangre le inquieta o le gusta y parece refocilarse en ella en determinados cuadros.

BaconEn sus visiones ovales donde todo cabe imaginar vemos las paellas de Barceló avant la lettre. Espléndidos los trípticos; impresionante el naranja, propiedad de Juan Abelló. No tan duro en contenidos como otros. Bellísimo el cuadro abstracto con el que parece cerrar la exposición, con una mancha de sangre. El dramatismo de este cuadro no resulta tan truculento y desagradable como algunos de sus homínidos -más que hombres.

El mito de Francis Bacon crece. Quizás quien mejor supo explotarlo ha sido Elena Ochoa, Lady Foster, al barrer a fondo el estudio del pintor británico y vender hasta el último de sus archiperres metidos en decorativas cajas, para saciar el ansia de dioses de ciertos coleccionistas públicos y privados.

La exposición Francis Bacon procede de la Tate, museo de arte moderno y contemporáneo y va al Metropolitan, museo de diversas épocas. En España, sin embargo, viene al Prado que, teóricamente, es para la pintura antes de Picasso. ¿Por qué no al Museo Reina Sofía? Quizás se perdió esa ocasión de que éste último fuera el Museo del Prado Siglo XX. Además existe el deseo de los que suspiran por ver el Museo del Prado Siglo XIX, desde que cambió el contenido del Casón del Buen Retiro.

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Nº 43 - Marzo de 2009

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