Modigliani y su tiempo
Museo Thyssen-Bornemisza y Fundación Caja Madrid.
Del 5 de febrero al 18 de mayo de 2008.
Por Carmen González García-Pando
Cuando
se habla de Amadeo Modigliani (Livorno 1884-París 1920) nos viene
a la memoria esas figuras medio clásicas, medio modernas de mirada
lánguida, ojos almendrados y rostros alargados. Han sido muchas
las reproducciones que han circulado de sus obras. Pero no es su arte
el único motivo de su popularidad. También lo es por la
leyenda folletinesca de "pintor maldito", adicto al alcohol
y a los más diversos estupefacientes; por sus amores tumultuosos
y, sobre todo, por el trágico final cuando tan solo tenía
treinta y seis años. Una mezcolanza de factores que lo lanzaría
a la gloria póstuma de los incomprendidos. Así nació
la leyenda, el mito Modigliani.
El comisario de la exposición, Francisco Calvo
Serraller, ha centrado la muestra en los años más fructíferos
de Modigliani que coinciden en el tiempo con autores y retrospectivas
tan emblemáticas que cambiarían el curso del arte contemporáneo.
Estamos hablando de exposiciones como las que homenajearon a Gauguin y
Cezanne en 1906, organizadas por el Salon d’Automne. Hablamos también
del grupo de amigos geniales con los que Modigliani compartiría
vida e ideas: Picasso, Derain, Vlaminck, Brancusi, Foujita, Souitine o
Utrillo. De este círculo de amigos, que compartieron su entorno
artístico y vital, como también de la relación del
artista italiano con sus maestros, trata esta soberbia exposición
que nos permite conocer la pintura de un hombre que, sin renunciar a un
lenguaje moderno, fue siempre fiel a la tradición clásica.
Una
de las facetas más interesantes de la exposición es la escultórica
a la que Modigliani se dedicó antes de su llegada a Francia pero
que fue reforzada cuando entró en contacto con Brancusi que le
animó a emprender la talla directa en piedra. No olvidemos tampoco
que en los primeros años de siglo estaba de moda, entre los escultores
más vanguardistas, las esculturas negras procedentes de Costa de
Marfil. Así pues, y a raíz de esta amistad, el artista se
adentra en el mundo de la escultura, una vocación a la que se dedica
con pasión entre 1909 y 1914. Primero en mármol, después
en piedras más frágiles como la arenisca, Modigliani crea
una serie de composiciones elípticas y cilíndricas pero
-curiosamente a lo que se vivía en su entorno- no se aventura en
la abstracción sino que se mantiene fiel a la figura humana. Ejemplo
de ello son sus reiterativos trabajos sobre el tema de las cariátides
griegas, unos seres a medio camino de la belleza clásica y moderna,
con un lenguaje íntimo y sensual que recuerdan a las diosas del
Partenón.
El
comienzo de la Primera Guerra Mundial, las dificultades del autor para
dar salida a las esculturas, el coste elevado de los materiales y, sobre
todo, el agravamiento de la enfermedad tuberculosa que padecía
(el polvo de la piedra dañaba sus pulmones), le obligaron abandonar
el cincel por los pinceles. De esta manera en 1914 vuelve a la pintura
para insistir de nuevo en el único tema que le interesa: la figura
humana.
Parece extraño que Modigliani, que nunca se vinculó
a ningún movimiento ni grupo de vanguardia (la crítica artística
incluso le reprendió no haber realizado ninguna innovación
artística), contara con el apoyo popular de quienes vieron en sus
figuras una lección de humanidad. Modigliani era, por encima de
todo, un retratista del ser humano, de sus frustraciones, esperanzas y
ansiedades. Así lo interpretó la gente corriente y así
tuvo la crítica que aceptar una evidencia: el arte de sentimientos
convencionales se imponía sobre el "intelectualismo"
y el arte de ruptura. Al menos así fue en el caso de Modigliani.
La técnica del retrato y desnudo es el soporte
ideal para manifestar las múltiples e inagotables pasiones humanas
y, en manos del pintor italiano, cobraron cotas de belleza inigualable.
Especialmente en los años previos a su muerte que es cuando su
arte vive el momento de madurez creativa. Es el momento en el que se define
el estilo más personal del autor. Las formas se reducen casi a
esquemas, la pincelada se hace más ágil, acentúa
la languidez de los rostros y el color –de tonos sobrios- se distribuye
a modo de manchas sobre el lienzo.
Los
retratos que el pintor realiza son, en su gran mayoría, de un solo
individuo. No le interesan los grupos. Sólo el personaje, hombre
o mujer que nos mira y que –como si de un juego de espejos se tratase-
se convierte en reflejo del que lo contempla. A través de esos
ojos almendrados y vacíos penetramos en el alma del personaje,
comprendemos que existe un mundo de tristeza y desesperanza. La oscuridad
es lo único que hay detrás de lo real. Esta parece ser la
dura verdad a la que Modigliani llegó en su corta e intensa carrera
artística. No obstante no lo expresa con la angustia y desgarro
que lo hiciera Munch, sino con la paz de un clásico helénico.
La mujer, su cuerpo desnudo, esa fuente de sensualidad
creadora era la razón básica que sostenía esta filosofía.
Por este motivo, pensamos que es con esos desnudos con los que Modigliani
alcanza la creatividad más genial. Según comenta el comisario
de la muestra estos desnudos femeninos "poseen la firmeza, la elasticidad
y la frescura de la naturaleza eternamente renovada, pero en sus rostros
habita la nostalgia, la consciencia de lo temporal". Bien es cierto
que en ellos el pintor vuelca una gran ternura y sensibilidad, que son
desnudos rebosantes de erotismo y voluptuosidad. Cuerpos que incitan a
la recreación visual pero sin provocar, en ningún momento,
alteración alguna que pueda ser motivo de censura. Sólo
ciertas mentes anquilosadas podrían ver degradación donde
sólo existía belleza. De ahí que la galería
Berthe Weill sufriera la retirada de una serie de obras que tantos esfuerzos
había costado a Zborowski, poeta y marchante de Modigliani, reunir.
Se trataba de cinco desnudos, plenos de una sana sensualidad pero que
escandalizaron a una falsa y pudorosa sociedad. Era otro síntoma
más de intolerancia humana y de raídos esquemas moralizantes.
La policía retiró los cuadros y la exposición (la
única individual que hiciera en vida) resultó un auténtico
fracaso.
Pero
Modigliani siguió trabajando e investigando en su propio estilo
acentuándolo y personalizándolo cada vez más. La
verticalidad, el manierismo de las figuras, las formas reducidas a simples
esquemas y la explosión del color dieron vida a unas criaturas
casi intemporales y de tal belleza y elegancia que, como si de diosas
se trataran, el artista ya inmortalizaría para siempre. Son los
últimos años de su vida. Modigliani ya ha logrado el equilibro
y profundidad del artista que ha encontrado su estilo. La figura humana
recobra la serenidad y los colores se avivan. Es el último estallido
de vida porque el 24 de enero de 1920 muere en el Hôpital de la
Charité. Pero la desgracia no finaliza con él. Su compañera
y jovencísima pintora Jeanne Hébuterne, embarazada por segunda
vez, no puede soportar la pérdida y se suicida arrojándose
del quinto piso del apartamento de sus padres.
Se dice que los funerales de Modigliani fueron un acontecimiento
legendario en la historia de la ciudad. Cientos de personas -galeristas,
policías, tenderos, modelos, amigos como Fernand Léger,
Picasso, Lipchitz, Brancusi- llenaron las aceras del barrio parisién
para dar el último adiós al pintor que mejor simbolizaba
la vida y el espíritu de Montparnasse. Su hermano pidió
que lo enterraran según el rito judío y "como a un
príncipe". Al final tendría el momento de gloria y
opulencia tras una existencia de grandes penurias. Pero en definitiva
estas son las paradojas de la vida y el riesgo que corren espíritus
solitarios como el de nuestro admirado pintor italiano.
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