Inmaculada Arricivita: Exposición Antológica 1996-2007
Centro Cultural Islámico. Madrid. Noviembre-Diciembre 2007
Por Julia Sáez-Angulo
Con
el manejo sutil de la pintura al agua, Inmaculada Arricivita transmite
su particular mundo creativo del color y la forma, que se traduce en una
poderosa fuerza y energía, sin perder la fineza que requiere su
objetivo pictórico. En sus cuadros, la autora nos sumerge en un
campo de armonías e interacción cromática de gran
delicadeza, elegancia o de suma audacia. Unas veces nos lleva por la gama
infinita de los azules: celeste, turquesa, añil, pavo real, prusia,
petróleo... Otras se zambulle en los rosas y nos perfuma del suave
pastel, magenta, cereza, ciruela, granate o casi shoking que diría
Elsa Schiaparelli.
En suma, una paleta amplia y generosa para jugar con
la mirada del espectador al ofrecerle oquedades espaciales o paisajes
abisales, dibujos que se acercan a los improvisados pliegues del batik,
a los juegos ópticos del caleidospio, al lenguaje orgánico
de las alas de mariposa, a los misteriosos ocres de la tierra o una extraña
piel...
Pero
todo esto no deja de ser una mirada subjetiva del crítico de arte
que actúa como espectador resabiado pero que no debe condicionar
jamás al espectador que se acerca con mirada virgen a la pintura.
El visitante de la obra de arte es también un creador porque reinterpreta
la obra artística de una manera nueva y quizás diferente
a lo que pensó la autora al hacerla. La obra de arte vuela libre
una vez que ha salido de las manos hacedoras. Ahí radica el secreto
del arte y la vida continuada de cada pieza siempre que unos ojos nuevos
la contemplan y la mente la traduce en un pensamiento. La vida es
corta y el arte eterno, decían los clásicos. La obra
de arte se tiñe en cada época de la sensibilidad estética
que la circunda.
Inmaculada Arricivita trabaja en la abstracción
cromática que, frente a lo que algunos piensan, se encuentra también
en la naturaleza. No hay más que mirar con atención un fragmento
de hojas secas en la tierra de un jardín de otoño o el segmento
acotado de la copa de un árbol. El cambio de escala produce sorpresas.
Uno es muy libre de ver una representación figurativa en la obra.
Pero la abstracción es también paisaje interior, paisaje
del alma que traduce visiones, ambientes, emociones, sentimientos, pasiones
o pensamiento.
La
pintora busca, indaga, investiga, deja intervenir al azar controlando
sus desmanes con la intuición y el oficio. Azar y necesidad para
que la obra sea la deseada, la que satisface a su creadora, la que no
queda en el camino como simple proceso. Una obra seleccionada porque va
a ser rubricada por su autora, cuidada en extremo porque se nutre de la
belleza y búsqueda de la perfección.
A veces Oriente parece recalar en ciertos cuadros de
la autora zaragozana como espejismos del desierto o parpadeos de maravilla
en la calle de tintoreros de la medina. Es la magia del color arrebatado
por los ritmos y condensado en el gesto informalista de la pintura. El
color piensa, dejó dicho Baudelaire. El color danza y es un
reto arriesgado, que la artista afronta con maestría. Pintura musical
de sugerencias, sueños y fantasías.
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