Elena Blasco: "Muchacha con idea clavo"
Por Mariano de Blas
Elena
Blasco constituye el paradigma del artista, incluso la persona, que, con
el tiempo, se vuelve más y más niño. Niñez
en el sentido de sabiduría, en cuanto que distanciamiento de supuestos
importantes que en el arte son la moda, la fama, su mundo social de bambalinas.
La consecuencia en la artista, es una fresca, "juvenil", espontánea
manera de trabajar que, como un acto zen, es fruto de una larga y deliberada
meditación.
Si no se incurriera en un imperdonable pecado de impertinencia,
Elena Blasco podría pergeñarse en la imagen de un orondo
y viejo buda feliz, porque la artista no es ni vieja ni gorda. En su ya
larga trayectoria artística nunca han faltado los objetos ni las
instalaciones, usando variopintos materiales y técnicas, con la
preferencia por la textura plastificada y colorista. La pintura, asimismo,
siempre ha estado presente pero, en su actual exposición, es esa
pintura la única representante de su trabajo.
Desde un punto de vista técnico, el uso de superposición
parcial de sucesivos metacrilatos pintados con acrílico, le permite
mantener su marca de fábrica de colores intensos. Es una presentación
que sacude al espectador por su directo lenguaje inmediato y alegre. El
contenido se mantiene en una rememoración que, mediante su trabajo,
se convierte en conmemoración, de su infancia y de su cotidianeidad.
Un contenido que se basa en una existencia sin los trepidantes episodios
de una película de acción al uso norteamericano, pero plena
de sucesos personales que ella, como cualquier buen artista, es capaz
de hacer intensos, extrayendo una experiencia estética (y por t anto
una producción de conocimiento) de sucesos cotidianos. Blasco sigue
con la crítica irónica, aparentemente ligera, del modo vivir
burgués, con sus apariencias y su represión sumisa, y en
la versión actualizada, de consumismo feroz.
La mirada de la artista proviene desde su misma biografía
burguesa, desde el interior mismo de la realidad que muestra. A ello se
añade la mirada femenina, la declamación de las señas
de identidad femenina que ella teatraliza mediante la supuesta "princesita
objeto", en donde el candor, la dulzura, el feliz despliegue de bonitos
colores, encierra una anulación de la mujer bajo discutibles excusas
y racionalizaciones. Desde la comparación de sus trabajos, se podría
afirmar que Elena Blasco se mueve formalmente en las antípodas
de Louise Bourgeois.
La ironía y el humor inteligente, el reírse
de uno mismo y de su mundo para deconstruirlo mediante unos elementos
reconfigurados, es una opción inteligente y divertida. De los impresionistas
se pensaba en su momento, que se burlaban de la pintura y de todo lo que
esa pintura académica representaba, un orden de valores burgués
dieciochesco, cuando lo que en realidad estaban haciendo era representarlos
muy acertadamente. Lo prueba la clamorosa aceptación que tienen
"ahora" los cuadros impresionistas, por los descendientes de
esos encolerizados burgueses. Los cuadros historicistas del XIX español,
recientemente repuestos en la ampliación del Museo del Prado, aparecen
como escenarios de cartón piedra, a pesar de su innegable mérito
de oficio de pintor. Enfrente, las obras de los impresionistas del Museo
Thyssen son capaces, en menos espacio entelado, de parecer más
creíbles por la fuerza de su discurso "real" y no teatralizado.
La obra de Elena Blasco parece participar de esa capacidad de "impresionarse"
para impresionar en su trabajo partes de nuestra realidad presente, bajo
ese discurso fluido de fondo irónico.
Para
tratar este discurso desmaquillado y "real", Elena Blasco se
ha basado esta vez, en el uso de pintura "plana", en el sentido
que daba Clement Greenberg. El empleo de una técnica "clásica",
la pintura, que está luchando casi por su supervivencia entre modelos
caducos que supuestamente tratan de mantenerla con vida cuando lo que
hacen es disecarla, y las nuevas propuestas artísticas con arrolladores
nuevos medios técnicos, hace más interesante, si cabe, el
reto. Si "el medio es el mensaje", Blasco ha recurrido al medio
que ahora más esfuerzo requiere para parecer "moderno"
y actual.
La composición y la realización son muy
libres y espontáneas. Las imágenes se presentan tan bien
resueltas y construidas precisamente por una larga marcha de estudio y
trabajo. Lo más difícil suele aparecerse como algo fácil
precisamente por la bondad de su resolución. Aquí todo parece
encajar, colores, formas, brochazos y pinceladas, tonos y colores. Refuerzos
de dibujo o manchas potentes. La feliz ocurrencia de los metacrilatos
no parece imponerse sino que transmite una sutil frescura y originalidad,
que no se muestra exagerada, sino que se hace notar discretamente. Contribuye
a ello una impecable presentación, una profesional manera de presentar
una obra bien hecha que hace que el discurso sea sólido y potente,
eso sí, con una sonrisa y una gran "felicidad", la del
sabio, no la del tonto o del alienado.
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