"El mundo hoy. Nosotros", según el fotógrafo Eduardo Rubio
Museo Vasco, Bilbao. Del 9 de noviembre de 2007 al 6 de enero de 2008
Un planeta de contrastes
Por Alberto L. Echevarrieta
¿Qué
tienen en común esa joven novicia budista que, en la paz del convento,
mira indiferente a la cámara con ese pordiosero neoyorkino "pillado"
por el fotógrafo mientras dormita a la sombra de los rascacielos?.
No se conocen ni posiblemente jamás tengan ocasión de hacerlo.
Sin embargo viven en el mismo planeta, conscientes de que no pueden arreglar
el mundo endemoniado que les ha tocado vivir. Mientras recorríamos
la sala donde cuelgan las obras, el catalán Eduardo Rubio, autor
de las mismas, me comenta detalles de cómo ha conseguido algunas
de las fotografías presentadas y que pronto formarán parte
de un libro. Una de las más destacadas es precisamente la de ese
neoyorkino de raza negra que nunca sabrá ni cómo ni cuándo
quedó impresionado. Ni que su imagen está recorriendo el
mundo, mientras la miseria adorna su vida.
Somos nosotros. Y a veces no nos damos cuenta de cuanto
tenemos a nuestro alrededor. El autor jamás abandona su cámara
Nikon cargada con diapositivas en 35 milímetros y con el disparador
dispuesto siempre a ser accionado. Ha dado la vuelta al mundo en varias
ocasiones. Unas veces va a algunos lugares a tiro hecho, que se dice.
Sabe que si en Galicia se está recogiendo el chapapote que soltó
el Prestige va a te ner
la imagen segura de cuantos acudieron a limpiar el litoral de aquel vertido.
De la misma forma que en algunos lugares escondidos próximos a
Ceuta puede encontrar colonias de subsaharianos que viven en condiciones
infrahumanas en espera de cruzar un estrecho tras el que, creen, está
el edén de la fortuna o, al menos, la posibilidad de vivir como
personas. O el campo de refugiados de Makale, en Etiopía donde
el 98% de los niños viven en la más absoluta pobreza con
la hambruna reflejada en la cara de una madre que sabe que cada cuatro
segundos muere una persona por ese motivo. ¿Y por qué no
citar a los niños que tratan de sobrevivir rebuscando entre los
deshechos de un vertedero situado a las afueras de Quito?. Los tenemos
ahí, reflejados en las fotos. Y al natural si nos tomamos la molestia
de ir a comprobarlo. Somos nosotros.
Y frente a esta miseria la opulencia de un hotel romano
de cinco estrellas que ofrece un menú para perros en el que se
puede elegir atún o buey con verduras, terrina de atún y
sardinas o pollo por 25 euros con servicio en la habitación. Difícil
de comprender si inmediatamente vemos a un muchacho tibetano tratando
de menguar su necesidad de subsistencia con un mendrugo. Las cifras de
la FAO cantan: Más de 840 millones de personas pasan hambre en
el mundo. De ellas 300 millones son niños como el nepalí.
Frente
a un soldador etíope que ejerce su trabajo en un popular mercado
de Addis-Abeba protegiendo su rostro con un simple cartón al que
le ha practicado dos agujeros para poder ver, está Asimo, el robot
humanoide japonés que te obedece buscando un hueco en la sociedad
de consumo. Pronto nos acostumbraremos a verlo haciendo recados en cualquier
mercado alejado de la frontera de Eritrea, donde la larga guerra de secesión
dejó miles de muertos y heridos en ambos bandos.
¡La guerra!. ¡Qué difícil es
comprender su sinrazón viendo esa foto del niño jugando
con los restos de un tanque soviético del ejército talibán!.
O deteniéndonos ante ese checheno con la vida tan destrozada como
el edificio de Grozny que tiene a sus espaldas. ¿Por qué
olvidarnos de la mujer afgana que, sentada en el suelo, pide limosna detrás
de un burka que sólo deja ver una pierna de madera toscamente preparada
para poder trasladarse de un lado a otro?.
Querámoslo admitir o no, éste este es el
mundo de hoy con anónimos protagonistas que desconocen el papel-denuncia
que están jugando en una exposición que no deja indiferentes
a sus espectadores. Tal vez porque nos toca la fibra sensible de una forma
directa. Y es que, a fin de cuentas, aquí estamos reflejados muchos
de nosotros, ciudadanos de un mundo cada vez más desigual.
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