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Claes Oldenburg, Coosje van Bruggen: escultura, quizásFundación Miró, Barcelona. Del 23 de marzo al 3 de junio de 2007Por Anna Adell Creixell
Oldenburg conserva la sutil ironía de sus raíces pop. En los sesenta fueron muchos los artistas que transgredieron el concepto tradicional de la escultura, proliferando desde entonces las obras efímeras realizadas con materiales perecederos. En esa época, el artista sueco creaba objetos tridimensionales cuya mullida textura los hacía deseables, atrayentes, puesto que, como el propio artista ha dicho en reiteradas ocasiones, "la rigidez levanta un muro de indiferencia".
La muestra se abre con el atrezzo y el vestuario
utilizado en el performance "Il corso del Coltello",
pues representó un punto de inflexión en su producción
a gran escala tras una etapa de cierta opacidad mediática. La acción
giraba en torno una colosal escultura cinética, una navaja multiusos
con remos que flotaba como galera ante el Arsenale de Venecia. El "Barco-cuchillo",
símbolo de un método de regeneración histórica
de la ciudad a base de rebanadas e incisiones, era el hilo conductor de
una hilarante obra de arte total, integradora de arquitectura, pintura,
literatura y teatro. La propuesta parecía elogiar, no sin ironía,
la candidez de aquellos que aún creen en el poder del arte para
cambiar el mundo, reforzando el cariz absurdo de la empresa al tratarse
de simples aspirantes a artistas: un barbero con ínfulas de arquitecto,
deslumbrado por la racionalidad de los templos de la Antigua Grecia (interpretado
por Frank Gehry), una agente de viajes que se identifica con el personaje
de George Sand para hacerse escritora, quien vivió un intenso idilio
en la "ciudad de los canales" (van Bruggen), y un vendedor de
souvenirs e inventor loco que sueña con ser un gran pintor
(Oldenburg). La indumentaria y el decorado, de tamaño extra-grande,
la formaban columnas y tímpanos de inspiración clásica,
una capa cubierta de etiquetas de viajes, una casa portátil en
forma de pelota con mobiliario incrustado y un cuchillo suizo, todo ello
en tela rellena de espuma de poliuretano. La propuesta bebe de fuentes
arraigadas a la cultura veneciana, enlazando la tradición (el ambiente
de carnaval, la "Commedia dell’Arte") con la modernidad
(la migración forzada, el turismo y el consumo "kistch"
a él asociado). Otro ingenioso proyecto del que podemos admirar el prototipo es el "Cupid’s Span" de San Francisco: la tensión de la cuerda evoca la apariencia elástica del esqueleto del "Golden Gate", donde fue destinado el monumento. El amor y el libre albedrío, por otra parte, se atribuyen tradicionalmente a la ciudad californiana. Un ejemplo más cercano de esta integración
contextual la encontramos en "Match cover", una caja de cerillas
gigante ubicada en la Vall d’Hebr Si los artistas redefinen con cada obra el concepto de escultura y arquitectura, los binoculares habitables franquean definitivamente el límite que separa ambos lenguajes. En la exposición se presentan dos estadios evolutivos del proyecto, destinado a la entrada del Chiat/Day de Los Ángeles, edificado por Gehry. Oldenburg se ha autodenominado "pintor de bodegones" que toma "la ciudad como lienzo" y a la historia del arte como inspiración. Ello se hace especialmente patente en la obra "Pirámide desparramada de peras y melocotones – Balzac/petanca", una naturaleza muerta de frutas, pura ambrosía para el novelista francés. El inestable abigarramiento y movimiento potencial de peras y melocotones establecen un guiño con el juego de la petanca. Los dibujos que acompañan la maqueta documentan la idea inicial de ubicar la escultura en Tours, la ciudad natal de Balzac. Junto a las maquetas presentadas, que abarcan los últimos veinte años de actividad en el área monumental, en la exposición abundan también las instalaciones museísticas. Deambulando entre ellas, nos convertimos en habitantes liliputienses de un mundo agitado por movimientos telúricos que hacen estallar colosales huevos revueltos, en el que somos invitados a una "sala de música" con notas que se desparraman por las paredes, trompas de tubos desatados y violines blandos o cortados a rodajas; como Alicias maravilladas ante la magia de la cotidianidad sobredimensionada nos topamos con la poesía que destila una amapola recién caída ("Dropper flower", creada ex profeso para esta exposición), cuyos enormes pétalos rugosos absorben todos nuestros sentidos. El estallido cromático que procuran los esmaltes y el látex culmina esta apología de lo banal. El artista consigue congelar con precisión la miríada de acontecimientos que confluyen en cada nimio accidente: la oscilación de pétalos y estambres ante el impulso del golpe de una flor contra el suelo, la explosión en fragmentos de un cuenco roto, el instante posterior a la colisión de una pelota con un juego de bolos, etc. La fuerza de la gravedad, la intervención humana o las condiciones atmosféricas obligan a los objetos a adoptar ciertas posiciones casuales, que el artista recrea con resultados sorprendentes.
Si el bodegón de frutas, descansando sobre una servilleta blanca, enlazaba con una larga tradición pictórica, la composición "Remembranza" alude directamente a la obra de Johannes Vermeer. Escondida tras un nicho abierto en la pared, puede pasar desapercibida entre tantos reclamos visuales. La silla vacía y el cortinaje recogido en dosel son motivos reiterados en pinturas de Vermeer. El suelo ajedrezado, la flecha de Cupido y el violonchelo están presentes en dos óleos del artista flamenco en que una joven toca el virginal. Para Oldenburg y Van Bruggen escenifican dos momentos del enamoramiento, idea intensificada por el Eros retratado en un cuadro de la estancia. Con la reinterpretación tridimensional del tema han querido recrear la atmósfera de desorden provocado por un arrebato de pasión. En este baile de citas, los objetos remiten a su vez a creaciones anteriores: el violonchelo relleno de espuma de poliuretano enlaza con los instrumentos transformados de la "sala de música", y la flecha y el arco es una versión del "Cupid’s Span". En esta ocasión, sin embargo, parece algo descompensado el aluvión de vínculos alegóricos e intelectuales para enriquecer semánticamente una obra que no consigue imantar desde la pura emoción como sí lo logra gran parte de su producción. Oldenburg concede a sus creaciones una apariencia imponente
pero vulnerable, pues para él son extensiones del cuerpo humano
o se relacionan con él en mayor o menor medida. Fosiliza los restos
de edad industrial, erigiendo monumentos a unos "objetos de culto"
que sucumben lentamente ante la progresiva miniaturización de la
era electrónica. Pero lejos de proponer un cementerio de dinosaurios,
sus iconos suburbanos son una descarada invitación antielitista
al consumo del arte. |
Nº
22 - Junio de 2007
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