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Tucker, masa y figura

por Alberto López Echevarrieta

Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 9 de junio al 14 de setiembre de 2015

Cuarenta y ocho esculturas y cincuenta y siete dibujos componen la exposición “Tucker, masa y figura” que presenta el Museo de Bellas Artes de Bilbao. La muestra, cuya importancia se justifica por sí misma, constituye la primera retrospectiva en nuestro país dedicada a William Tucker, uno de los grandes escultores actuales. Kosme de Barañano, autor de la selección, advierte que las piezas obligan a trabajar la mente, buscando un significado nuevo en cada uno de los ángulos de visión. La exposición motiva asimismo la visita a una de las obras de propiedad municipal que el artista tiene al aire libre en la bilbaina zona museística de Abandoibarra. Tucker forma parte del paisaje urbano de la capital vasca.

Un historiador metido a artista

Nadie le echaría los 80 años que tiene. William Tucker, nacido en El Cairo de padres ingleses y nacionalizado estadounidense, es un perfecto antidivo. Se nos presenta con una gorra, ropa ligera y una bolsa al cuello. Se somete a cualquier pregunta mientras vamos viendo la muestra. El colosalismo de algunas obras es motivo para que giremos en torno a ellas. “Hay que sacarles el mayor provecho”, dice el artista. Son bronces y yesos, algunos de dimensiones notables. Es el caso de “Rea” (267 x 160 x 107 cms.), un bronce realizado en 1985, en una época en la que Tucker trabajó a fondo con el volumen y la masa. Se fijó preferentemente en la esencia de la escultura prehistórica: verticalidad y gravedad con su correspondiente monumentalidad.Tucker 4A estas formas nuevas las bautizó con nombres de la mitología griega – “Tethis”, “Urano”, “Cronos”…-, pues son para él formas primordiales, deidades primigenias con atributos determinados. Son figuraciones de las fuerzas más generales, como el tiempo, la tierra, el océano, etc.Tucker siente especial debilidad por la Historia, una asignatura que estudió en la Universidad de Oxford previo a su descubrimiento del arte, momento esencial en su vida que llegó cuando en 1957 vio en Londres la muestra “Sculpture 1850 to 1950”. El efecto que le causó fue tal que decidió seguir por ese camino. Se volcó en esta forma artística de la mano de influyentes especialistas, como Eduardo Paolozzi y Anthony Caro. Tras un tiempo dedicado a la docencia, en 1968 fue elegido Gregory Fellow in Sculpture en la Universidad de Leeds.

El credo de Tucker

En este tiempo pronunció notables conferencias exponiendo sus puntos de vista. Su palabra tuvo numerosos seguidores, hasta el punto de que las charlas se recopilaron en “The language of sculpture”, hoy libro de cabecera de cualquier escultor que se precie:

“Materiales y estructura, volumen y espacio, la unidad y las proporciones de la escultura, no hablan por sí mismos, sino que articulan un sentido complejo y profundo de nuestro ser en el mundo, dice en él. Dado que el objeto es fijo e inmóvil, su ‘vida’ consiste en la evocación, recreación incluso, desde nuestra libertad para movernos dentro de los términos de su propia estructura. El sentido de la gravedad es el factor que interviene en la percepción visual de la escultura con nuestro conocimiento conceptual de su ‘forma real’. La vida de la escultura, de hecho, ha subsistido siempre en esta brecha entre lo conocido y lo percibido”.tucker 1Vamos revisando sus obras. Se acerca a una y pone una mano en ella. “Las esculturas son para ser tocadas”, señala coincidiendo con la opinión que siempre he defendido. Porque, ¿saben ustedes el placer que se siente al tocar “El pensador” de Rodin, por ejemplo? Y hablando de don Auguste. Sobra decirles que éste es uno de los escultores de referencia de Tucker y de ahí que también estén presentes en la retrospectiva las palabras que Rilke dedicó a Rodin en 1902: “La obra escultórica tampoco necesitaba pared alguna. Ni siquiera necesitaba un techo. Era una cosa… Y, sin embargo, tenía que diferenciarse de alguna manera de las otras cosas, de las cosas corrientes que cualquiera podía captar con la mirada. Tenía que convertirse de algún modo en intangible, sacrosanta, separada del azar y del tiempo en el que se erguía, solitaria y maravillosa, como el rostro de un vidente”.“Me siento más cercano a Matisse que a la cualidad expansiva de Rodin o a la comprensiva de Brancusi –confiesa Tucker-. La decisión entre esculpir y modelar en cuanto a planteamientos distintos e independientes de la escultura no se puede aplicar a Matisse. Está claro que trabajo con arcilla, pero su utilización de la espátula fue esencial a la hora de resolver varias de las esculturas más importantes”.

Saber ver una exposición

La muestra bilbaína no guarda un orden cronológico, pero, a decir de Javier Viar, director de la pinacoteca vasca, “tiene una gran energía plástica, porque su situación límite entre la forma y la figura es algo sorprendente y de gran intensidad”. Las facetas de creador de Tucker están tratadas de una forma didáctica, detalle que caracteriza a su comisario Kosme de Barañano.

“Cuando se perciben por primera vez los dibujos de Tucker, señala Barañano, no se observan cuerpos, sino masas que se disuelven. Son manchas que no se corporeizan en un espacio, en el espacio del papel. Ellas mismas son generadoras del espacio en el papel. Tucker no dibuja con la línea, sino con la mancha. El flujo de los trazados amplios de carboncillo denso mancha espacialmente la superficie plana creando densidades, espacios de relaciones entre esas manchas que sólo posteriormente se ven como cuerpos”.| makma.net

Tucker confiesa que dibuja enfrentándose a papeles colgados en la pared como si fueran lienzos. Con carboncillos gruesos plasma, sin apartarse del soporte, una imagen sometida al marco arquitectónico que es el propio papel. Es decir que la figura o el objeto que crea en el papel nace formando parte de la verticalidad propia de la escultura y la gravedad. El límite lo pone el propio brazo del artista y es compensado por la energía que su propio cuerpo desplaza sobre ese plano.

“Inherente a la palabra estatua es la idea de estar de pie. Colocar una piedra en posición vertical en un espacio despejado puede considerarse el primer acto escultórico. Estar de pie significa conciencia. La piedra vertical adquiere un significado que la separa de otras piedras antes de configurarse en una imagen, en una estatua”.

 Estos volúmenes enigmáticos están aquí presentes para que el espectador desvele el misterio que encierra cada uno de ellos a partir de indicios y del propio conocimiento que se tenga de la literatura y el arte. Son gestos incompletos, piezas que parecen abstractas, aunque, mirándolas con detenimiento, resulten ser cabezas de caballos, torsos desnudos o manos. Para Barañano, “son como meteoritos caídos sobre la Tierra”.