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Discos

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Little Steven, alma ardiente

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Bernardí Roig. “El coleccionista de Obsesiones”.

por Mariano de Blas

Fundación Lázaro Galdiano (Madrid). C/Serrano 122 (Madrid). Del 25 de enero al 20 de mayo de 2013.

“El coleccionista de Obsesiones” es una original propuesta en donde se presentan las obras del artista contemporáneo Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965) junto con los fondos del Museo Lázaro Galdiano. El museo lo constituye la  colección atesorada por José Lázaro entre 1882 y 1936, continuando en Nueva York de 1940 a 1945, llegando a sumar 12.600 piezas. La institución se fundó en 1951 en lo que fue  el palacio de Parque Florido.

Roig convive con Goya, Murillo, El Bosco o  Sofonisba Anguissola, junto con objetos valiosos y variopintos: tazas, espadas, armas, joyas, tapices, libros o documentos. Así lo hace explícito el comisario de la exposición, José Jiménez, al afirmar que es “un diálogo a través de las obras del artista: dibujos, esculturas, vídeos, algunas de ellas especialmente producidas para esta exposición, con los distintos aspectos y modulaciones que configuran el coleccionismo de Lázaro Galdiano, tal como éstos se muestran y despliegan en los espacios de la Fundación”.

Como en el caso de Cristina Iglesias, se vuelve a la idea de las obsesiones del artista, que no colecciona tanto objetos sino “obsesiones, aquellas que va plasmando en su trabajo en busca de la realización de la obra, ese impulso obsesivo hacia la búsqueda de lo imposible” (Jiménez) lo que se traduce en una la cronología del trabajo que es capaz de crear el artista.

Roig crea espacios inquietantes haciendo participar la luz  que rodea, pero que también emana de sus figuras. Esa teatralización sugerente mediante anónimas figuras, se relaciona con el difunto Juan Muñoz, aunque ambos artistas desarrollan interesantes e inquietantes, discursos personales. Los espacios de Roig producen la sensación de soledad, de relación turbia y oscura con la realidad que tan familiar resulta para la persona del siglo XXI viviendo en el sistema capitalista. Pero además el artista demuestra una profunda cultura con la que es capaz de establecer guiños a lo abstracto y conceptual: Malevitch, Duchamp o  Bruce Nauman.

En esta exposición se tiene la ocasión de conocer lugares  normalmente cerrados al público del museo, los  jardines,  las terrazas y los túneles. Roig es un artista atrayente que no sólo discurre entre galerías de arte contemporáneo, como Max Estrella en Madrid en donde expuso hace dos años, sino que su última exposición,  en la Lonja de Palma de Mallorca, “Caminando sobre caras”, fue visitada por más de 220.000 personas. Roig demuestra que sí se superan los prejuicios contra el arte contemporáneo de vanguardia, muchas de sus propuestas no sólo se entienden, sino que se aprecian. Porque este arte del presente está empleando formas y recurriendo a temas y a conceptos actuales, con los que la persona contemporánea está familiarizada. Otro asunto es que se lo valore como “arte” o no. Paradójicamente, el arte del pasado sí que manifiesta formas y desde luego símbolos, que nos resultan extraños, cuando no desconocidos. Se pudieron contemplar en Madrid dos exposiciones de Impresionistas, a los que todo el mundo “popular” parece entender y apreciar, significativamente, no así los contemporáneos de estos artistas. Sin embargo, nos es ajena la mentalidad con que se hizo, el momento tecnológico, cultural e ideológico de finales del XIX. Tan solo hay que pensar qué ropa se llevaba, qué imágenes rodeaban ese mundo, sin televisión, vídeo, color por doquier, pantallas, y un larguísimo etcétera.

La exposición del “coleccionista” consta de  diez y siete obras, de las que ocho, son  inéditas y específicas para esta muestra. El artista no pretende tanto un dialogo con las otras obras del museo, sino con los espacios. Quizás esa si fue su intención cuando hace cuatro años expuso en el antiguo palacio barroco y ahora museo,  Ca’ Pesaro de Venecia. Ahora, al recorrer los espacios expresivos de Roig nos “encontramos” con las piezas propias del museo. Esto permite una nueva relectura de las obras “antiguas”. Estamos frente a una propuesta que apunta a que “vemos” el arte del pasado siempre con nuestra “mirada” actual, la mediatizada por nuestra realidad y no por la de otras épocas (de ahí la diferente apreciación de las obras a lo largo de la historia) y desde luego la de los contemporáneos a la realización de la obra misma.

En la sala de Francisco de Goya y Martín Zapater, Roig ha “instalado” un “libro de luz”. En la entrada principal, en la primera vitrina con la que se encuentra el visitante, se expone Blow up (The book) (2011). Un libro de artista con 21 fotograbados, de 70 por 50 centímetros. El título es una referencia a la “obsesión” de Roig por Antonioni, citando con  su título, una de sus películas del director italiano: “Blow up”.  Al lado, un trabajo en plata con impresión digital, que al estar en una vitrina se confunde con las obras propias permanentes del museo. Se titula “Acteón devorado por sus perros”. Como todas las obras de contenido mitológico, hace referencia a la memoria, ya que relata historias referidas a otra época pero que son un artificio para  referirse a conceptos “reales” y contemporáneos a cuando se hizo la obra,  pero relatados con subterfugios. En este caso, el deseo, la mirada y el castigo.  Acteón contempla lo prohibido: El cuerpo (virginal) de Artemisa cuando se baña. Como castigo es transformado en ciervo y devorado por su propia camada de perros. Sin amo éstos,  lloran y son consolados cuando el centauro Quirón (maestro en la caza de Acteón) les construye una estatua de su discípulo, el desgraciado Acteón. Al final la obra de arte (la estatua) es sustituto (símbolo) del cuerpo transformado por la mirada, que es deseo pero también conocimiento.

Roig se apropia del museo y de sus obras.  Aprovecha un túnel que no está abierto al público habitualmente porque se utiliza  de archivo. Allí, en medio de la oscuridad ha situado “Practices to such the light”. También se ha apropiado de un grabado de Rembrandt y un vídeo de Peter Kennedy. En lo que fuera  el despacho de Lázaro Galdiano hay dos instalaciones y tres dibujos.  En «Prácticas para la infidelidad (Melancolía II)», la cabeza de una figura está con un grabado de Rembrandt, propiedad de Roig y que ha “tuneado” eliminando la figura que había a los pies de Betsabé sustituyéndola por la única escultura abstracta de Giacometti. Enfrente está «La invisibilidad de la memoria», tomada de un vídeo de Peter Kennedy manipulada por Roig de nuevo.

 Toda la exposición en un diálogo entre las obras clásicas y las de Roig, que se apropian, intervienen e interactúan unas con otras. Con los Goyas del museo,  expone un vídeo en donde Roig pasó una terrible noche en el museo “Ejercicios de invisibilidad” (2012). Está con los ojos tapados y una luz cegadora en la cabeza, con  Elvis Presley de música de fondo. En la sala de armaduras hay  un molde de yeso, Roig la ha denominado “La sala de los cuerpos ausentes”. Le interesa el concepto de contenedor vacío del cuerpo, en cuanto armadura y que además nunca se usaron por ser para adorno y ritual. Su conocida obra, “Hombre de la luz”, una figura cargando a su espalda un hatillo de neones, está en el atrio del museo. Es una referencia al coleccionista, al portador de luz, al impulsor y sostenedor de la cultura. Finalmente, arriba, en la última planta, el lugar simbólico de los sueños, hay una evocación al estudio de Roig,  el “Tablero de imágenes”.

Fuera del edifico del museo, en una esquina hay una figura de pie y otra tremenda en blanco colgada de un árbol platanero a 10 metros, la tercera y última son piernas semienterradas, una referencia de nuevo al “Blow Up” de Antonioni.

Roig es una mezcla de artista intelectual y formado y persona  apasionada, excesiva en su trabajo, «Desprecio la contención, nuestra cultura es carnal». El recorrido de la exposición produce una extraña muestra de atemporalidad porque se cabalga entre dos mundos, el del museo y el Roig, una suerte de sensación de la teoría de las cuerdas llevada a la práctica. Es un espacio intervenido por las inquietantes figuras fantasmagóricas del artista y la proyección de sus obsesiones elevadas a la categoría de un lenguaje artístico que, por su calidad, se hace universal.