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Los pescadores de perlas. Ópera en versión concierto

por Jorge Barraca

Teatro Real. Madrid, 28 de marzo de 2013

Con el gran atractivo de escuchar al tenor peruano Juan Diego Flórez, el Teatro Real ha presentado tres funciones en versión concierto de Los pescadores de perlas, la ópera más interesante de Bizet —dejando aparte Carmen, por supuesto— y una página de enorme exigencia para los papeles del tenor y la soprano que fueron magníficamente servidos por Flórez y la soprano Patrizia Ciofi.

Y es que Pescadores… ha sido una ópera apreciada y disfrutada por el público, aunque con idas y venidas, esto es, con largas temporadas sin presencia en los teatros aunque también con otras con continuidad, eso sí:  siempre que se contase con unos intérpretes —en particular, un tenor— capaz de enfrentarse a su endiablada línea vocal y dar la talla. El papel del protagonista, Nadir, basa su dificultad no en la pirotecnia vocal, sino en obligar a cantar siempre al filo, siempre arriba, casi continuamente sobre la fase del pasaje de la voz; con facilidad para los agudos, por supuesto, pero sobre todo con una declamación y ligaduras perfectas. Cualquier desajuste, cualquier titubeo en la línea genera disonancia, rompe el hechizo, por lo que la exigencia es perpetúa a lo largo de toda la ópera.

Por eso, resulta tan encomiable que Flórez se apreste a dar vida al enamorado pescador de Ceilán y nos brinde la posibilidad de compararlo con algunos de los tenores referencia para el público español en esta obra, como Kraus. Y como es habitual en él, Flórez exhibió una emisión límpida, natural, técnicamente inmaculada. No pudo evitar leves limitaciones en el fiato (al menos en la segunda de las funciones, la aquí reseñada) y algún momento de excesiva tensión, pero fueron mínimos detalles en una actuación soberbia y en la que, desde luego, salió siempre airoso en los instantes de mayor dificultad, como la conocida aria del Acto I. Excepcional estuvo además en los dúos con Léila, Zurga y en sus intervenciones concertantes. Patrizia Ciofi le dio réplica con una Léila de emisión muy bella, con una coloratura y adornos perfectos; igualmente aportó sentido dramático, actuación verdadera, cosa muy de agradecer en una versión, como esta, de concierto. Su presencia escénica fue muy conveniente y se granjeó el mayor éxito de la velada.

Por su parte, Mariusz Kwiecien, que encarnó el Zurga, tuvo la desgracia de verse afectado por una afección alérgica. El barítono, empezó con una voz timbrada, magnífica, bien proyectada, bella, con autoridad, pero hacia el final del primer acto se empezaron a apreciar las interrupciones, las dificultades en la emisión. Con todo, dando una lección de pundonor, continuó hasta el final y sacó adelante su cometido más que dignamente.

El Norubad fue de sobra servido con el concurso de Roberto Tagliavini, que puede asumir papeles mucho más exigentes. Y el coro se mostró siempre bien empastado y eficaz. La dirección de Daniel Oren resultó espléndida por su detalle tímbrico, sus líneas tan sutiles y un acompañamiento a los cantantes muy atento y delicado.

En fin, un espectáculo excepcional que por la calidad de la batuta y los cantantes encandiló al público. Y lleva a reflexionar si las funciones en versión concierto, que permiten dirigir la atención al canto y a la música, no serán muchas veces preferibles frente a aquellas otras en las que con puesta en escena, vestuario y decorados —quizás por un deseo de epatar— la dirección escénica traiciona el espíritu de la obra y violenta la percepción de los espectadores.