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Néstor Basterretxea, forma y universo

por Alberto López Echevarrieta

Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 25 de febrero al 19 de mayo de 2013

Cerca de 240 elementos creados por Néstor Basterretxea (Bermeo, 1924), una de las figuras más importantes de la vanguardia vasca, componen la exposición Forma y universo que se puede ver en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. La muestra revisa la variada obra de este artista que abarca pintura, escultura, cine, diseño industrial, gráfico y de mobiliario, arquitectura, urbanismo, fotografía, cartelismo y escritura. Sesenta años de la vida de un creador que viene a sumarse a la donación realizada en 2008 de 18 esculturas que forman la Serie cosmogónica vasca, uno de los conjuntos escultóricos más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX.

89 años de incesante trabajo

Forma y universo es, a decir de Peio Aguirre, comisario de la exposición, una retrospectiva más que una antología, ya que recoge una serie de elementos realizados a lo largo de sesenta años y que conforman el denominado “caleidoscopio Basterretxea”, dada la multitud de técnicas y expresiones artísticas realizadas por este artista.

En la presentación, y con una afabilidad muy de agradecer, Néstor Basterretxea ha mencionado algunos pasajes de su vida, entre los que figura el éxodo a Argentina al que fue obligada su familia a consecuencia de la Guerra civil y que sirvió para descubrir en él sus inquietudes artísticas: “Tenía 19 años cuando pisamos puerto en Buenos Aires. Alguien me preguntó qué era lo que mejor sabía hacer. Le contesté que dibujar y me colocaron en la oficina de publicidad de una internacional chocolatera. Cuando llevaba cuatro años en ella me echaron tras darme un banquete extraordinario. Al preguntar el motivo del ágape me dijeron que era porque había conseguido ser el trabajador de la empresa que diariamente había llegado al trabajo más tarde en toda la historia de la compañía. Así que me dieron labor para hacer en casa pagándome el doble. Empecé copiando e imitando hasta que aprendí que una obra de arte no es siempre el resultado de un planteamiento estético, sino las consecuencias de unas vivencias”.

Tras obtener en la capital argentina el Premio Único a Extranjeros del Salón Nacional, regresó a España presentándose al concurso de pinturas murales para decorar la cripta de la basílica de Arantzazu y obteniendo el trabajo. Fue punto de partida para una dilatada vida que se resume en esta exposición que, detalle de la pinacoteca, ha sido dedicada a su hijo Txabi fallecido el año pasado.

La muestra

El recorrido se inicia en la pintura que realizó en la década de los años 50, con pinturas de carácter abstracto y geométrico que denotan la influencia que ejercieron en él Le Corbusier y Ben Nicholson. Le siguen los proyectos de escultura y obra pública que llevó a cabo entre 1967 y 1999, como los homenajes a Iztueta o Pío Baroja, en San Sebastián, y la pieza Izaro para el Parlamento Vasco.

Una de las etapas fundamentales en la carrera de Basterretxea es la que vivió con el grupo Gaur que se inició con una exposición en la Galería Barandiarán, de San Sebastián, en 1966, en la que presentó cuadros de pequeño formato que reproducen sensaciones y cierta relación con la naturaleza. También se aprecia su salto del plano al espacio a través de relieves y bajorrelieves en mármol y pizarra que fueron muy alabadas por la crítica madrileña en la muestra conjunta con Jorge Oteiza que presentó en la Sala Neblí. “No me pasé a 3 D por Oteiza, como se ha llegado a decir, sino por un imperativo del arte. Descubrí el relieve cuando cogí una chapa, le di dos cortes y creé espacio. Así de sencillo”, dice el artista.

Llaman la atención sus formas discoidales que forman una de sus trilogías favoritas junto con la serie Meridianos. Muy interesantes son las muestras de diseños industriales vascos creados a finales de los años 50 y de los que Basterretxea fue pionero, así como los bocetos para la basílica de Arantzazu, en cuya cripta participaron también Oteiza, Chillida y Muñoz. Pasado medio siglo, el artista reconoce las presiones que tuvo para llevar a cabo esta obra por salirse de la iconografía tradicional de los personajes del Evangelio.

No faltan sus primeras incursiones en la escultura durante la década de los años 60, ni los trabajos que siguieron en las décadas posteriores de las que la Serie cosmogónica vasca, 18 esculturas en madera basadas en personajes mitológicos, son piezas fundamentales. “Yo le di corporeidad a los relatos orales recogidos por el P. José Miguel de Barandiarán, porque hasta entonces nadie se había preocupado de personificar a esos seres sobrenaturales de los cuentos tradicionales vascos”, justifica. Junto a fotomontajes, su Homenaje a la América primera y las volumetrías, es decir, los proyectos de arquitectura ejecutados sobre papel.

La exposición se completa con la edición de un magnífico catálogo y las proyecciones de sus documentales en cine de Operación H (1963), Pelotari (1964) y Alquézar (1964) y su obra maestra, Ama Lur (1968), película de largometraje que recoge la esencia del alma vasca.

A sus 89 años, Néstor Basterretxea sigue trabajando y su cabeza, de perfil unamuniano –“Unamuno sí que tenía buena cabeza para pensar, no yo”, dice- sigue discurriendo nuevas formas que se mueven en torno al universo que le rodea: “Lo vasco gravita mucho en mi conciencia”, confiesa.