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Bittersweet, a salvo de la radiación

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Discos

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Cristina Iglesias: Metonimia

por Mariano de Blas

Museo Reina Sofía. Madrid. Del 6 de febrero al 13 de mayo de 2013

Cuando ya se ha terminado el barullo de la inauguración, de las visitas a la inauguración por “la cream de la cream” (según un medio de comunicación), referido a los “políticos”, actuales (Wert) y ex (Solchaga, Solana, Felipe González), ese grupo social que ocupa un tercer lugar en cierto ranking….Cuando Cristina Iglesias se ha quedado afónica de tanto contestar en entrevistas a lindezas tales como, “mujer de apariencia frágil…” (en RTVE), no sé qué miopía puede ver a Cristina Iglesias como tal, a no ser que el tópico “mujer” ciegue. Cuando la artista ha demostrado una gran generosidad al no ceder a la tentación de, cínicamente,  contestar con monosílabos, a lo Andy Warhol, y una paciencia infinita en tratar de informar a entrevistadores poco o nada formados en el arte contemporáneo, que hablan de mucho (todo) y saben de poco (nada). Cuando la escultora no es la noticia convertida en anécdota, quizás sea el momento de tratar el trabajo de esta artista con el sosiego de la espuma reposada.

“No doy mensajes, creo lugares. El arte nos hace pensar, nos enseña a mirar”. Con esta declaración de intenciones, Iglesias plantea que el arte es pensamiento, actividad mental de “primera división”, lo que le hace “peligroso”, será por ello que el arte no desplaza a los reiterativos y plomizos espacios deportivos de todos y cada uno de los informativos, un paradigma de la anécdota convertida en noticia.

El director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel (que sí que sabe bien de lo que habla), plantea el sugerente concepto, que este es un trabajo sustentado en las luces, en el espacio teatralizado, que encuentra su referencia deconstructiva en el Barroco. No podría ser más pertinente la referencia, en una época, la nuestra, como la del XVII, de angustias, crisis e inseguridades, resuelta mediante la representación de Ficciones (la vida es sueño), para tratar de Realidades. Cristina Iglesias recurre a las referencias de textos (texturables)  de autores favoritos, en sus conocidas celosías.  El inglés Beckford, a caballo entre el XVIII y el XIX, escritor de viajes y constructor de un muro y de un monasterio, ya que su enorme fortuna le permitió todo tipo de extravagancias culturales. El francés Huysmans, que vivió durante la segunda mitad del XIX, pesimista y refractario por la vida moderna, ofreció el “decadentismo” como una alternativa al naturalismo estético, a  Iglesias le fascina su “Contra Natura” de palabras y nombres de animales. El escritor acabó en un misticismo volcado en el catolicismo que habría de influenciar al mismo Tolstoi. El también francés, Roussel, vive entre el XIX y el XX. Escritor de viajes y juegos de palabras relacionados con las imágenes y alejadas de lo real. También es compositor y ajedrecista, de hecho se gastó su fortuna en componer para acompañar sus poemas mientras viajaba. Sus trastornos mentales le relacionan con la psiquiatría, lo que le señala como precedente del surrealismo. Iglesias “teje” sus celosías de hierro dulce trenzado como de esparto, como alfombras de rafia, con palabras cogidas del naufragio relatado en “Impresiones de África” de Roussel. Con los británicos C. Clarke (1917-2008) y  Ballard (1930- 2009), Iglesias plantea los universos imaginados de la ciencia ficción, no por ser profeta de nada la artista, sino por estar atenta a la realidad del presente, “simplemente sintiéndome que estoy en diálogo con el tiempo que me ha tocado vivir”. De Ballard especialmente recoge sus ríos y paredes de bosque. Él, que escribió sobre las distopias, unas sociedades (¿ficticias?) indeseables en sí mismas, esto es de actualidad rabiosa.

Arquitecturas, sonidos, relación  con la “realidad”, y esa realidad expandida que es el viajar. Iglesias habla de su trabajo como “un texto como una estructura”, que en su caso es visual, tridimensional, de recorrido. “La escultura como campo expandido” que Rosalind Krauss publicara en 1979 comienza, “hacia el centro del campo (… ), una hinchazón en la tierra, una indicación de la presencia de la obra..”, esta suerte de viaje podría ser la guía no autorizada para penetrar en este  mundo de celosías, espacios para separar el ver y el ser vistos, corredores suspendidos de imposible acceso físico pero lugares de ensoñación con la mirada, pasillos  de paredes vegetales para que la luz penetre por los mismos entresijos de los bosques. Y finalmente el agua, no como una “hinchazón en la tierra”, sino como una oquedad, un pozo, un acceso a un territorio sumergido, profundo y húmedo bajo la música del agua en movimiento. Como “Arquitectura de Umbrales” es definida en el catálogo por G. Bruno. El pozo es el agujero hecho por los humanos, aquí está impregnado con algas y es la propuesta del abismo y el laberinto. Pero este laberinto no es para ser recorrido, sino para ser uno mismo el laberinto, como el Dionisio del “Misterio de Ariadna”, de Deleuze comentando a Nietzsche.

Todas las personas, tenemos nuestras obsesiones. Los artistas las necesitan como materia prima de su trabajo, pero son una condición necesaria pero no suficiente. Cuando un artista es de la calidad de Iglesias, sus obsesiones (“aquí está el corazón de mis obsesiones”) se transmiten mediante el suceso inexplicable del arte. Entonces las propuestas del artista quedan “abiertas para ser enriquecidas ante los ojos del espectador”, señala Iglesias. El “viajero”   en  las obras de la escultora  puede “recrear” sus “obsesiones”, al menos en parte. Para uno será acaso el bosque húmedo vasco (Iglesias nació en San Sebastián en 1956). Para otros, la Alambra con sus jardines burbujeantes al lado de las paredes como muros vegetales, huérfanas ahora de las celosías que las habitaban con los nazaríes. Para Borja-Villel, “el agua tiene algo de fálico, de eyaculación, de la esencia de lo masculino. Cayendo por estos pozos, se transforma en un útero, en algo frágil y delicado, en la esencia de lo femenino”. Otros aprecian en estos trabajos, los laberintos de Borges,  los dobles virtuales del espejo o los subterráneos de Lewis Carrol.…..Pero para otro también podría  ser un reencuentro con el Metro, corredores bajo el sonido de los pasos y los músicos “pasilleros”, en los senderos del laberinto, en las entrañas de la tierra recorridas montados en gusanos ruidosos y luminosos, como las pantallas (de todo tipo y condición) que cada vez acompañan más las miradas absortas de los viajeros. Emergiendo entonces esta exposición como un viaje por un laberinto de luz y naturaleza encantada, en donde lo orgánico se ha transmutado en inorgánico, los sonidos en escritura, el discurso en caudal sumergido en las entrañas del pozo.

Y así, al fin, dejemos de denominarla “escultora”, para ser una “artista plástica”, que se define como constructora de lugares que conmueven la memoria para conducirnos a nuevos lugares que sólo la imaginación de cada cual conoce. Cuando una artista es tan interesante, tan eficiente en crear experiencias (de eso en realidad trata el arte), uno casi está tentado en denominarla alquimista: convierte los materiales del bronce, hierro, aluminio, cemento, cristal,  madera, resina, incluso el agua, en espacios de “ciencia ficción” (según sus palabras), en “lugares que hablan de otros lugares”. Y así en definitiva, guardemos silencio, en el sosiego, frente a ese viaje que plantea, en donde nada es lo que parece, como Iglesias titula esta exposición, Metonimia, mediante el ejercicio de lo transversal, entre los intersticios de las realidades acomodadas, en sus fronteras en donde se cuela la sospecha de que existan otras (posibles, de verdad posibles), y más ahora, en este tiempo de derrumbes.

Cristina Iglesias forma parte de esa serie de matrimonios de artistas estupendos contemporáneos españoles. Viuda de otro extraordinario artista, Juan Muñoz, cuya relación artística con él,  la compara Borja-Vindel en cuanto al uso del espacio y de la luz, como un escenario, pero en que eran, sin embargo, como el guante y su revés. Una entrañable manera de mostrar la necesidad de ambos para ser comprendidos como fueron, incluso como es ahora Cristina Iglesias. Conmovedoramente ella exclama que “cerca suyo (de Juan Muñoz) he hecho muchas de las piezas de esta exposición, pero también hay muchas otras que él nunca vio. Eso lo pienso muchas veces…”. Iglesias/Muñoz, Vicky Civera/Juan Uslé, Felicidad Moreno/Jorge Galindo, Menchu Lamas/Antón Patiño, etc. etc., han sido capaces de crear historias de amor con sus respectivas obras de artistas, cuya relación (matrimonio) es imprescindible en su trabajo, tal como se conoce. Como esa otra maravillosa historia de amor y de artistas, el binomio Gilbert & George. Quizás ese halo mayestático de cierta tristeza de Iglesias tenga que ver con la melancolía de la ausencia de su amado.

A pesar de que Iglesias afirma que en su anterior exposición en el Palacio de Velázquez de 1997, ella quería sorprender y ahora plantear un viaje, su trabajo impresiona y también es inesperado. Comienza el recorrido con su Techo suspendido inclinado, también expuesto en el Palacio de Velázquez, de nueve por seis metros. Después están sus celosías ‘Contra natura” (2006),  “Impresiones de África II” (2002) o  “Santa Fe I y II” (2006), que son ejemplos de esos muros calados de enjambres orgánicos y geométricos al estilo árabe. Aquí aparecen los fragmentos de los textos citados y que están recogidos en el catálogo. De ahí se pasa a los “Corredores suspendidos I, II y III (2006), también con fragmentos de textos. Son obras inéditas en España, “Hacia la Tierra” (2011), en la que el agua se relaciona con el tiempo y es materia escultórica transparente y fluida y por lo tanto móvil. Y los tres “Pozos” (2011), agujeros de granito negro con barro, hojas y raíces, por los que al pasar el agua se transforma el sonido del caudal. Están instalados en el jardín de Sabatini del Museo. La relación con el agua termina, de  nuevo dentro del Museo, con “Hacia el fondo”.

Esta referencia a lo vegetal, a su vez se relaciona con otras obras como “Habitación vegetal II” (2005) o “Habitación de eucalipto” (1994-1997), en donde la forma orgánica transmutada se expande por las paredes y los pasillos. Se han abierto las ventanas para que la luz del entorno sea protagonista,  haciendo cómplice a los jardines del patio del espacio. De dimensiones más reducida son las obras de los años ochenta y noventa que emplean también materiales transparentes o translúcidos, alabastro, tapiz, cristal, hormigón y aluminio: ‘Habitación de alabastro” (1993), “Sin título, Venecia I y II” (1993), precisamente adecuados para la luz natural con toda la fugacidad que ello conlleva. .

Hay serigrafías en cobre y seda que parecen fotografías de obras cuando en realidad lo son de maquetas de trabajos públicos. Se proyectan  dos documentales, “Visita Guiada”, que incluye “Fuente profunda”  (2006) en  Amberes,  y “Estancias sumergidas” (2010) ubicada en el fondo marino de una reserva natural en el litoral de Baja California Sur, en Méjico. Se finaliza con dos maquetas de los proyectos en  una antigua torre de aguas y en la plaza del Ayuntamiento de Toledo, a raíz del V  centenario de la muerte del Greco. En conjunto más  de medio centenar de trabajos.

Cuatro años de trabajo para este laborioso despliegue. Una artista de proyección internacional, que estudió cerámica en Barcelona y arte en el Central School of Art and Design de Londres, en donde conoció a Juan Muñoz. De 1995 a 2000 fue Profesora de escultura en la Academia de Bellas Artes de Múnich.  Premio Nacional de las Artes Plásticas (1999), participante en la Bienal de Venecia en 1986 y 1993 (junto con Tapies), representando a un país que sí parece reconocerla.  El Guggenheim de Nueva York la consagró internacionalmente en 1997 con una gran retrospectiva. Ahora se abarcan treinta años de su carrera pero que la artista no ha querido que se entienda como una cronología de sus trabajos, sino como un reencuentro y una convivencia. El nivel técnico es óptimo ya que está respaldada por un equipo muy profesional.