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La huella vasca de Sorolla

por Alberto López Echevarrieta

(Museo de Bellas Artes de Bilbao, permanente)

El Museo de Bellas Artes de Bilbao dedica a partir de ahora una de sus salas a la obra del pintor Joaquín Sorolla con carácter permanente. En ella irá presentando las veintidós obras del levantino que acaba de recibir en calidad de depósito. Estos cuadros vienen a enriquecer la representación de Sorolla que posee la pinacoteca vasca y que, a lo largo de su historia, le ha dedicado dos colosales exposiciones, Sorolla-Zuloaga y, sobre todo, la colección de la Hispanic Society of America inaugurada en octubre de 2008 y que fue todo un suceso.

La nueva sala ha abierto su andadura ofreciendo siete obras del artista valenciano relacionadas con el País Vasco, entre ellas Tipos del Roncal, primera versión de lo que luego sería El concejo del Roncal, uno de los grandes murales de la citada sociedad americana.

En encanto del Prado

Joaquín Sorolla Bastida (Valencia 1863 – Cercedilla (Madrid) 1923) nació en el seno de una familia modesta. Tras quedarse huérfano a los dos años fueron sus tíos maternos quienes se hicieron cargo del niño. Iniciada la etapa escolar, pronto se dieron cuenta de que Joaquín no sentía atracción por los estudios, pero sí una gran inclinación por el dibujo y la pintura. Por consejo del director de la escuela, el pequeño fue matriculado en la Escuela de Artesanos, donde asistió a las clases nocturnas de dibujo del escultor Cayetano Capuz.

En los años siguientes trabajó como cerrajero y coloreando fotografías mientras asistía a las clases en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos. Fue determinante la visita que realizó en 1881 al Museo del Prado: Cuando vio los cuadros de Velázquez y Ribera decidió que su futuro estaba definitivamente relacionado con la pintura. Su carrera artística empezó a cosechar premios, obteniendo una pensión para estudiar en Roma y París.

La luz de otras playas

En 1889, de regreso de la capital francesa, Joaquín pasó unos días en San Sebastián. Fue su primer contacto con el País Vasco al que regresaría en varias ocasiones con cortas estancias que le servirían para hacer apuntes destinados a cuadros de pequeño formato. Pronto descubrió la oportunidad que le daba la costa cantábrica, con su luz tan diferente a la de las levantinas, para situar a sus personajes. También le atrajo el hecho de que los reyes veranearan en la capital guipuzcoana, con todo el séquito que iba en derredor y en el que encontró la posibilidad de convertirlos en clientes propios.

En 1906 se acomodó en Biarritz y San Sebastián enamorándose de sus costas. Cuatro años más tarde lo hace en Zarautz donde pintó a su familia en su magnífica playa. Retrató a su hija mayor –María pintando (100×50 cms.)- dejando plasmado su orgullo de padre satisfecho por la continuidad. Sorprendido por el mal tiempo, llevó sus pinceles a locales cerrados donde pintó a personajes típicos de la zona, como El borracho. Zarautz (115×140 cms.), Asando sardinas. Zarautz (142×205 cms) y Bebedor de sidra. Lekeitio (167×115 cms.), tres obras extraordinarias, plenas de luz y colorido que ahora también se pueden ver en la exposición.

Su pasión por el Cantábrico le llevó a hacer nuevas visitas que le sirvieron para entrevistarse con el rey Alfonso XIII y conocer nuevos paisajes y gentes. Estableció su residencia de verano en Villa Sorolla, en la falda del Monte Igueldo donostiarra, donde pintó Muchachas en San Sebastián (92×80 cms.), un delicado óleo muy en su línea habitual. Desde allí hizo frecuentes viajes por la zona tomando nota de motivos que le servieron para hacer dos de sus obras maestras con destino a la Hispanic Society of America, Los bolos. Gipuzkoa  y El concejo del Roncal. Navarra. Realizó un boceto para éste último cuadro y lo convirtió en el magnífico óleo sobre lienzo  Tipos del Roncal (200×150 cms), presente en la muestra actual.

El depósito

En la presentación de la exposición, Javier Viar, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, ha señalado que los siete cuadros de Sorolla que ahora cuelgan en sala propia de la pinacoteca, son sólo una muestra del depósito realizado desinteresadamente por particulares y que con toda probabilidad quedarán en propiedad del museo. “Es curioso observar –ha dicho- cómo el artista levantino pintó a personajes vascos y los colores que utilizó. Es una técnica muy diferente a la empleada por Zubiaurre, por ejemplo”.

Viar reconoce el gran valor de las siete obras presentadas en esta primera muestra que se ofrece de forma indefinida y que irá ampliándose hasta completar los veintidós sorollas que le han venido, como se suele decir, llovidos del cielo. Y es que el Museo de Bellas Artes de Bilbao precisa una ampliación de espacio. “Cuando vino Antonio López –ha recordado- hablamos del éxito seguro que iba a tener la exposición que vino a presentar, conscientes de que sólo su nombre tenía un atractivo muy singular. Pocos artistas gozan de ese privilegio en la moderna pintura española. Él dijo que había otros dos: Julio Romero de Torres y Joaquín Sorolla. Ambos tienen un tirón popular asombroso, dijo”.

Sorolla, con esa frescura inmediata que tienen todas sus obras, poseedoras además de un cromatismo muy propio, se justifica por sí mismo. La exposición pública de estos óleos en la pinacoteca bilbaína constituye con seguridad un atractivo añadido para la misma.