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Santiago Rusiñol, invitado en Bilbao

por Alberto López Echevarrieta

Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 21 de setiembre de 2010 al 9 de enero de 2011

Retrato de Miquel Utrillo, de uno de los artífices principales del movimiento modernista catalán, Santiago Rusiñol (Barcelona 1861-Aranjuez, 1931), se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Bilbao dentro de su programa “La obra invitada” que, desde hace nueve años, acerca al público obras temporalmente cedidas por otras instituciones. Este óleo, pintado en 1890-91 y considerado como una de las mejores creaciones de su autor, tiene la particularidad de ser uno de los pocos retratos que hizo el artista catalán, dedicado principalmente al paisajismo.

Santiago Rusiñol fue un hombre muy singular, ya que a sus dotes como pintor hay que añadir las de poeta y dramaturgo, sin dejar de lado una de sus facetas más sobresalientes, la de humorista.  Discípulo de Tomás Moragas y admirador del naturalista Vayreda, descubrió mundo  a los 27 años de edad, en el viaje que hizo a París con su amigo Enrique Clarassó. Se instalaron en Montmartre iniciando en este barrio una carrera profesional junto a Zuloaga y Picasso,  con los que tuvieron una gran relación profesional. Aquel estudio situado en plena vorágine del París del can-cán y en Moulin Rouge, sirvió también como refugio a Ramón Casas, matriculado en la academia de Carolus Durand, y dispuesto, como sus compañeros, a destacar en el campo de la pintura. Demasiado enamorados de la vida para desperdiciarla luchando por la gloria, gloria que, sin embargo, se les entrega espontáneamente. Tienen juventud, genio, ingenio, optimismo y fortuna. Son dos triunfadores natos. La gloria va a ellos natural y lógicamente, les pertenece “por derecho propio”. Y así la logran: pronto, sin lucha, sin dolor…

Por allí apareció también otro personaje curioso, Miquel Utrillo i Morlius, ingeniero, pintor, crítico artístico y promotor cultural. Fue quien primero apoyó públicamente a Picasso con unos comentarios en la revista “Forma” que llamaron la atención de muchos intelectuales.         La camaradería reinante en aquel estudio de pintura parisino le sirvió a Utrillo para contactar con las modelos que acudían para posar. Una de ellas fue Suzanne Valandon, luego notable pintora, con la que tuvo un hijo natural, reconocido por el catalán. Maurice, que así se llamó, fue alcohólico desde muy joven. Para sacarle del bache en que se encontraba, su madre encaminó sus pasos por la pintura convirtiéndose en uno de los mejores pintores urbanísticos que ha tenido Montmartre.

El retrato que le hizo Rusiñol, y que ahora podemos ver en Bilbao, es un óleo sobre lienzo de grandes dimensiones (222,5 x 151 cms.) propiedad del Museu Nacional d’Art de Catalunya y le representa en el jardín del Moulin de la Galette. Aparece de cuerpo entero y de perfil, apoyado en un bastón y una puerta y con unos papeles en la mano izquierda, tal vez indicándonos su vertiente periodística.

Las relaciones y los gustos de cada uno se decantaron hasta la formación de un trío –Rusiñol, Casas y Utrillo-, muy afín en sus ideas que fue el punto de partida del modernismo catalán, nacido como reacción contra la civilización universal y sus producciones en serie, carentes de personalidad y sensibilidad. De él Casas nos dejó tan señaladas muestras como Madeleine (1892) o el cartel de Anís del Mono (1898), tan lleno de simbolismos.

Rusiñol colaboró con varias publicaciones exponiendo sus puntos de vista sobre determinados aspectos de la vida social. En muchos de ellos dejó patente su particular filosofía. “Tratándose de la desgracia –decía en uno-, créetelo todo, que todo es posible cuando es malo, y nunca sabrá la imaginación combinar realidades tan amargas como las verdaderas. Hay tantas clases de miseria como clases de locuras en el mundo, y si queremos copiarlas con amor a lo sincero, siempre la nota parecerá negra, por poco que a la verdad se aproxime el que describe”.

En el terreno personal, Rusiñol fue un hombre muy divertido. Los componentes de aquel maravilloso trío de artistas adquirieron notable fama en la sociedad barcelonesa de finales del siglo XIX por tomarse el mundo por montera y protagonizar numerosas anécdotas a cuál más divertidas. Simulaban ser trotamundos volatineros y paraban en los pueblos para ofrecer sus “espectáculos”, fijando carteles al efecto que ellos mismos pintaban. Luego daban a conocer sus programas en los que Rusiñol recitaba cosas absurdas y descabelladas, Casas daba saltos mortales y levantaba pesas de cartón, mientras Utrillo tocaba con un cornetín de órdenes la “Entrada de los dioses en el Valhalla” o “Els segadors”.

Otra de sus bromas consistía en ofrecer monedas legítimas de cinco pesetas por tres pesetas. Nadie les quiso comprar nunca ninguna. Por no hablar del regateo con los payeses a la hora de intentar venderles cualquier pieza de barro a precios desorbitados y que, indefectiblemente, acababa estrellada contra el suelo.

Todas estas aventuras eran motivo de chanza en las tertulias de la cervecería “Els quatre gats”, de Barcelona, en las que brillaba la jocosa dialéctica de Casas para divertimento de los presentes. A la gracia que tenía el autor de “Barcelona 1902”, se unía la habilidad que poseía componiendo retratos a carboncillo de cualquier rostro singular a la vista. Así surgieron los que hizo a personajes hoy universales como Picasso, Pau Casals, Albéniz, Chapí y Joaquín Mir. Por cierto que Picasso colgó su obra por primera vez en este local barcelonés, hoy lugar de peregrinaje de los seguidores de aquel movimiento artístico.

A Rusiñol le fascinaba la luz clara e intensa del Mediterráneo. En su casa-taller de Cau Ferrat, en Sitges, o en cualquier rincón de Mallorca, consiguió una producción paisajística realmente notable. Pintó pocos retratos, siendo uno de los más destacados el que hizo a su amigo Miquel Utrillo y que ahora es “La obra invitada” en la capital vizcaína.