Esther Garboni: “A mano alzada”

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Børns, inocencia contrastada

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Tamara de Lempicka, reina del Art Decó (1898 -1980). Exposición y Conferencia de Adriana Zapisek

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El renacimiento de un museo, el Hof van Busleyden

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“Alarde de tonadilla. Una historia de la copla” en el Teatro Tribueñe de Madrid

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Discos

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Un enemigo del pueblo (ágora)

por Ana Isabel Ballesteros

Autor: Henrik Ibsen
Versión libre y dirección: Àlex Rigola
Dramaturgia: Ferran Dordal
Dirección de producción: Jordi Buxó y Aitor Tejada
Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola
Escenografía: Max Glaenzel
Iluminación: Carlos Marquerie

Elenco: Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes

¡Viva la libertad de expresión! Quienes acosan verbalmente a través de Internet deberían ampararse en el derecho a la libertad de expresión, y lo mismo quienes insultan a sus compañeros en las aulas, en los puestos de trabajo y en todas partes. Quienes nos insultan a las mujeres con actitudes, frases y chistes machistas y no tienen conciencia de que nos estén molestando deberían también poner su grito en el cielo por la libertad de expresión. ¿Por qué hay esas leyes injustas, dice Rigola, (e invita al público a decir eso mismo a través de una votación manipulada), que coartan la libertad de expresión? Ah, pero no se trata de insultos contra mujeres, ni contra compañeros, sino contra esos entes que no apoyan el terrorismo o los que merecen arder como en el 36, y a los que ellos llaman ultraderechistas o fascistas (extraña contradicción, los fascistas eran ateos por lo general). De modo que a unos debe consentírseles el insulto, y a los otros no debe permitírseles recurrir a las leyes y a las autoridades para quejarse por sentirse insultados. Así pues, ¿la libertad de expresión debe situarse por encima de algunos de los adelantos de la civilización, llamados tolerancia y respeto? La libertad de expresión, en Occidente, acaba donde empieza la falta de respeto hacia los demás y la falta de tolerancia. Así de fácil.

Con más delicadeza que el doctor Stockman, el grupo Kamikaze se permite insultar a su público indirectamente, cuando después de una votación en la que la mayoría admite que el grupo debería poder decir lo que piensa en público sobre las administraciones públicas (valga la redundancia), le insinúa que para ser consecuente debería también votar a favor de abandonar la sala como apoyo a la libertad de expresión, para que la función salga al día siguiente en los medios y así presionar a la opinión pública. Solo que en ese momento ya el público es consciente del simplismo y lo tendencioso de la votación, y cuando se le pide que levante su papeleta, la mayoría elige seguir sentado… aunque no se puede juzgar sobre sus motivaciones del modo que hace el grupo Kamikaze: tal vez sus razones no son ni la inconsecuencia ni la cobardía, como se subraya desde el escenario, pero es que el público, sometido respetuosamentea la convención establecida de dejar expresarse a quienes ocupan el escenario y solo contestar cuando se le pregunta, no manifiesta en alta voz esas razones.

El montaje del grupo Kamikaze aprovecha recursos brechtianos, porque en realidad los actores no interpretan, sino que más bien comentan la obra de Ibsen desde las posturas que les corresponde asumir; aprovecha las teorías de Piscator, al subrayar y modificar los contenidos de los parlamentos para acercarlos a los temas de hoy; aprovecha los recursos propuestos por Grotowski respecto a procurar cierta fusión de escenario y sala, esto es, explota la cercanía física entre actores y espectadores para permitirles a estos cierta participación dentro de unos límites, de modo que la función no llega a ser un happening.En la función del sábado 22 de septiembre, se sacó a Aitana Sánchez Gijón de las primeras filas del patio de butacas para ejercer de moderadora en la conferencia-debate organizada por el protagonista de la obra. Los cortes de personajes y de parlamentos, los añadidos que suponen las preguntas iniciales, la introducción de frases conocidas ya muy pregonadas por el líder de Podemos Pablo Iglesias y el tiempo concedido a las votaciones del público y sus intervenciones insisten en el carácter de adaptación libre que aparece en los carteles.

Guste más o menos la propuesta del grupo Kamikaze, hay que reconocer la universalidad de esta obra de Ibsen y cómo el montaje podría contribuir a reflexionar sobre unos temas planteados hace más de ciento treinta años. Ibsen, ese agitador social, decía escribir bajo la influencia de su lectura de la Biblia y no de las modas literarias. Su vigencia demuestra hasta qué punto seguimos en la misma era social.

De Ibsen, lo que todo el mundo conoce, lo que año tras año se reimprime o reedita, es su famosa obra Casa de muñecas. Pero esta, Un enemigo del pueblo, es de mucho mayor calado, subsume tesis de las obras anteriores y en parte supone una crítica y hasta una burla que el autor hizo de sí mismo y de alguna de sus propias tesis. Ninguna otra habla con mayor claridad de la honradez intelectual, de la imparcialidad y de la búsqueda de la verdad, pero también de la importancia de saber comunicar las verdades, para que sean entendidas y aceptadas por quienes no saben verlas por sí mismos.

Una de las tesis de Ibsen es la de que la verdad siempre, de una forma o de otra, acaba revelándose, y hay quienes la afrontan por dolorosa que sea y quienes prefieren negarla o mantenerla oculta. Esta tesis recorre toda su producción, fundamentalmente desde su obra Los pilares de la sociedad, que la recoge en su desenlace, cuando un personaje proclama: “La verdad y la libertad son los pilares de la sociedad”. También cabe afirmar que los temas de la verdad y la libertad son los pilares del teatro de Ibsen y que en el conjunto de sus obras se van perfilando los significados, los sentidos, los matices, los modos y los límites de esos conceptos de verdad y libertad, de cómo afrontarlos y cómo vivirlos.

En Un enemigo del pueblo, el doctor Stockman descubre que las aguas del balneario que regenta están contaminadas, lo que ocasiona la muerte de los enfermos más débiles. Decide dar la voz de alarma a la población, pedir que se cierre inmediatamente el balneario para evitar más desgracias, pero el alcalde se niega, porque la ciudad se mantiene gracias a ese balneario y la noticia supondría la ruina de todos.

El doctor Stockman de esta obra es claramente un trasunto del propio Ibsen, y el balneario no es sino un símbolo de la sociedad de su tiempo, aunque pudiera también referirse al mundo de hoy en día, en cualquier país. El doctor Stockman descubre que el agua del balneario está contaminada como Ibsen se percató de que la sociedad occidental de su época presentaba determinadas lacras. Igual que el doctor Stockman, nuestro autor se había encargado de denunciar situaciones injustas y sus porqués en obras como Casa de muñecas o Espectrospero, naturalmente, el sacar a la luz pública y procurar la reflexión y el análisis de esas situaciones suponía también cuestionar el modo de funcionar en su época ciertas instituciones, lo que, lógicamente, se vio como una amenaza para la estabilidad no solo de tales instituciones, sino de la sociedad entera. De la misma manera, en Un enemigo del pueblo, al doctor Stockman se le advierte del peligro y la hambruna que sobrevendría a la ciudad en caso de desalojar el balneario y proclamar a los cuatro vientos la mala noticia.

Ibsen presenta los pormenores de la situación a grandes rasgos, pues se trata de una obra teatral con una duración circunscrita a las exigencias del género, pero no por eso dejan de observarse y manifestarse los defectos de las dos posturas, esto es, la postura de decir la verdad a toda costa y la de callarla. Así, en la postura del alcalde, y luego en la de los medios de comunicación representados en el periódico La voz del pueblo, se transparenta toda la mezquindad y todo el egoísmo de quien vela por sus propios intereses económicos antes que por las vidas ajenas. De hecho, el periódico, encantado de tener una excusa para arremeter contra el gobierno conservador encarnado en el alcalde, acepta al principio publicar la noticia pero luego, cuando el alcalde visita al editor y al impresor y les hace ver que el pueblo al que ellos defienden sería el primer perjudicado y arruinado y, por supuesto, que también se verían rotas las fuentes de ingresos del periódico, cambian de opinión y optan por el silencio. Repito que, está claro, las auténticas motivaciones son mezquinas, pero también son ciertas las razones que se ofrecen para no publicar lo que ocurre. Unos y otros tranquilizan su conciencia con la garantía de que se harán las reformas necesarias en el balneario para solucionar el problema… un problema equivalente a muchos de los que vamos viviendo año tras año. Si el doctor Stockman insiste, es porque se da cuenta de que tras esa actitud se esconde la negligencia y el egoísmo, y que no se harán los cambios necesarios, sino que accionistas y autoridades se conformarán con parches que nunca solventen el asunto de raíz: echa en cara al alcalde que el balneario no se construyera donde él había propuesto, sino en otro lugar que las autoridades y accionistas vieron más conveniente económicamente, pero donde las aguas, que eran medicinales según salían del manantial, llegan contaminadas al filtrarse en ellas los desechos de la ciudad. Y, ciertamente, las medidas que se adoptarían nunca supondrían el traslado de las instalaciones al lugar adecuado y salubre.

Por su parte, en la actitud del doctor Stockman, no hay solo una conciencia recta que le impulsa a declarar la verdad para evitar el mal, aunque lamente que su propia familia y sus hijos vayan a verse perjudicados: en su actitud hay mucho de orgullo y de presunción, de creerse mejor y más inteligente que los demás. Al ver la falta de apoyo del periódico, decide convocar al pueblo entero para explicarles la situación personalmente, creyendo ser una autoridad para ellos. Pero, amparado en la razón que le asiste, se olvida de emplear los recursos retóricos que tan bien conocen quienes solo pretenden manipular, y cuando toma la palabra insulta tanto a las autoridades como al pueblo, al que llama animal, con lo que se gana la animadversión de todos y ya nadie quiere escucharle. Es en esta parte en la que el personaje queda ridiculizado, por más razón que tenga en todo lo que dice, como en su ataque a la democracia, a la que juzga “la tiranía del número”. Y, con él, Ibsen se critica también a sí mismo, reconoce no haber sido lo bastante hábil en sus obras anteriores para convencer de las verdades que exponía.

“El hombre más poderoso del mundo es el que está más solo”. Ese es el descubrimiento final del doctor Stockman y, como casi todas las frases con que acaban sus obras, podría ser el lema para un debate: podría entenderse que el hombre más “solo”, en el sentido de más desprendido de todo, se comporta también de acuerdo con la propia conciencia y por tanto es el más honrado intelectualmente, es el que ha sabido quitarse de encima todo lo que estorba para afrontar la verdad y actuar de acuerdo con ella, de ahí que tenga el “poder” de la “razón”.

Por supuesto, la frase también tiene otros varios sentidos: la razón y la verdad son independientes del número de adeptos que consigan, no hay que temer estar solo en la defensa de una verdad… etc.

Por todo esto es magnífico haber tomado la iniciativa de reponer esta obra tan significativa y tan actual. Y si alguien propone una votación para insultar al grupo Kamikaze, yo votaré en contra.