“Alarde de tonadilla. Una historia de la copla” en el Teatro Tribueñe de Madrid

“Alarde de tonadilla. Una historia de la copla” en el Teatro Tribueñe de Madrid

Vuelve Alarde de tonadilla. Una historia de la copla al Teatro Tribueñe de Madrid. El espectáculo de Hugo Pérez de la Pica es un recorrido hermoso por las tonadillas, romances, canciones populares Más»

Discos

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Jorge Villalobos: “El desgarro”

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José Galiana Izquierdo: “Una vida por medio”

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Adriaen Brouwer, maestro de emociones

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  Bajo el título “Adriaen Brouwer: Maestro de emociones” se muestra en el Museo de Oudenaarde (MOU) y las Ardenas flamencas la primera y mayor representación de la obra de uno de Más»

Javier Lostalé: “Cielo”

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Una paradoja constante sostiene el último poemario de Javier Lostalé: la desaparición del individuo cuanto más se recuerda y quiere hacer presente lo que lo constituye. En estas páginas, resulta muy interesante Más»

Julio Vilches: “Sálvora. Diario de un farero”

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Loredana Volpe: “A pesar de tu santa cólera”

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Sorprendente, cuanto menos, resulta el primer poemario de Loredana Volpe (Caracas, 1990, aunque lleva años estudiando y trabajando en el mundo teatral en Barcelona), que aparece en una cuidadísima edición; que supone Más»

 

All Ways – Sharon Fridman

por Nuria Ruiz de Viñaspre

Molécula. Conjunto de al menos dos átomos enlazados covalentemente que forman un sistema estable y eléctricamente neutro.
Átomo. Porción material menor de un elemento químico que interviene en las reacciones químicas y posee las propiedades características de dicho elemento.

Nosotros somos una cantidad muy pequeña de algo. Átomos. El mineral que compone el núcleo de esta tierra sin hojas. Una sustancia sólida familiar en la que si una ínfima partícula se desata se desata la familia que es el mundo. Solo cuando nos juntamos se forma el organismo. Ese enlace químico entre dos átomos. Un algo que será futurálgicamente molécula. Como dos gotas que se unen y forman un algo más grande. Como dos nubes que se juntan y desatan la tormenta que conlleva aquella gotas que se unieron.

Hay mucho de química en el coreógrafo israelí Sharon Fridman. La estructura de sus cuerpos forma la Gran Molécula. Para él somos una preciosa masa aérea. Una mancha. Una aglomeración humana con pies de plomo y brazos que son alas de hidrógeno. Una alquimia de plomo y aire que por un lado pesa y por otro aligera. Pero dentro de esa masa y sin el otro ya no somos. Solo somos brazos amputados sin el brazo del de al lado. Tan porosos en ese “a solas”. Con el otro, en cambio, somos pelotones invencibles. Si un soldado cae, la propia especie lo regenera. Como un molusco de mil patas. Argonautas modernos en una madeja enmarañada. Un ovillo hecho de un solo hilo que la vida desperdiga en una rueca. Incorporaciones en el nódulo.

El pictórico Fridman recompone partes rotas y lo fragmentado se desfragmenta. Es la madre de todas las moléculas. La fertilidad vista desde arriba. Y desde ese arriba que es abajo, el contacto con el otro nos existe. Mano lanzada a hombro, pie a nuca-pecho-espalda… y cuerpo a tierra. Como las moléculas, que rara vez se muestran sin interacción entre ellas. Somos una sola hiedra con heridas. El Lego del instante, un panel donde si sabemos mover ficha llegamos a montar nuestra estructura. El engranaje de una bandada de pájaros donde el vuelo de uno empuja el vuelo del otro. Una gaviota con la voz disecada que chirría nuestra zona de confort y que le canta a un amor acróbata y a la libertad que hay en cada nube que nos llueve y nos hace otros. Castillos de carne y aire construidos desde abajo. Eso somos, escaleras para el otro.

Si tuviera que resumir en dos islas el trabajo de Fridman diría: TODO ES UNO y TODO EN UNO. Y es que no hay nada en las alas de sus bailarines que esté disecado. El coreógrafo juega a cerrar el círculo de la vida metiendo ese todo ahí: el amor, la pérdida, la soledad, el apoyo mutuo… Habita la brecha y cose la herida con los brazos que abrazan esa herida. Dos manos y dos cuerpos forman un círculo, sin él somos líneas rectas que se bifurcan en el camino, pero el camino es circular. Por eso entiende la danza como algo sagrado que gira en ese núcleo. Hay tanta magia en dos cuerpos que se juntan…

Fridman es pura química, sí, también hay en él física y fisicidad, pero sobre todo hay mucho de espiritual cuando la estructura de otro mundo sobrevuela nuestras cabezas. Su tráquea es ondular y respira el oxígeno de lo profundo por ese espiráculo.En All Ways sigue fiel al edificio que forma el siete. Es su propio paisaje humano. Siete perros por cada Siete pecados capitales mientras en este All Ways se conforman las siete maravillas del mundo. Número mágico en sus manos. Siete cuerpos con los pies aferrados a tierra como siete capiteles que caen libremente pero con el apoyo mutuo y su repulsa. Porque todo es junto a su contrario. Todos los caminos llevan a un camino. All ways. Todos los cuerpos van siempre a parar al mar bajo un canto de gaviotas. Always. Siete armónicas ramas que se tocan hasta fusionarse en el Árbol de la vida. Siete cuerpos en escena que forman un conglomerado de estatuas de terracota.

Caer caer caer y desde la caída nacer de nuevo. Una y otra vez. Un lápiz en la mesa re-cae al suelo pero la punta de otro lápiz lo levanta. La velocidad cayendo a desvelocidad, y viceversa. Así hasta quedar el aire reducido a la mínima expresión de aquel átomo primero. Pero toda re-caída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. Hombres convertidos en gaviotas. Con la libertad al alcance de su vuelo cuando se nos abre la opción de elegir. All ways es por ello un experimento humano. Es colocar un cuerpo frente a otro para ver cómo interactúan en el espacio circular, la materia y la luz. Para Fridman y a ras del suelo, somos nuestros propios alfareros. Brigadas de algo que caminan bajo un suelo que también es cuerpo. Atorchas que iluminan nuestra más visible oscuridad. Y siempre desde abajo. Porque la danza de Fridman es horizontal y tras-toca la parte baja de la humanidad, al mismo nivel del suelo, que es desde donde mejor nos vemos y vemos al otro. El suelo es su altar. Su patria. De ahí nace después el vuelo. Limpio. Etéreo.

Y la luz se hizo. Una luz que lo lavaba todo. Una luz que desvestía. Luz que se levanta y que se acuesta dando origen al albor humano. Destellos en el Nuevo Mundo con una luz que inunda cuerpos y los disecciona. Láminas de luz con el mismo peso específico que el agua, pues un mar de nubes aplastaba todas las cabezas llenas. Luz que costriñe cuerpos pero que también los iza. La construcción desde la deconstrucción. Ahí fuimos electricidad recién amanecida. La raya del alba. Nos amanecemos en una descarga que nos carga en unos electroestáticos cuerpos que más que estáticos son estéticos. Cuerdas de luz tirando de los cuerpos hasta levitarlos. Detrás, la luz a ras del ojo. El anhelo. El vacío mucho más atrás, pero inolvidable también. Como ese amanecer del Primer Hombre despojado de pecado que recorre el escenario de su vida en busca de más átomos. Arterias que compiten de norte a sur para volver al origen, a lo primitivo a lo primigenio, para ver en qué punto nos perdimos. Punto de luz que es estrella que nos guía al fondo en la de-construcción, o mejor dicho, de la construcción. Reseteados. Y es que todo fin es un principio. Ese es el círculo. Y dentro, un canto al amor, a la soledad y a la reconstrucción desde esta tierra centrípeta a la que caímos hace millones de años. Nuestra condición es la gravedad y dentro de esa gravedad, mora la recaída y la desalteración. Pero toda recaída lleva implícita una construcción. La vida está llena de un me caigo y me levanto.

Ver a los bailarines de Sharon es entrar en un bosque estéril sin paredes y sentir cómo crecen los árboles hasta tocar el cielo. Jinetes invasores llevados por caballos ciegos. Eso somos. La decisión de tomar otro camino para ver la hiedra crecer de nuevo.