Sorolla, pintor de la alta sociedad y la moda

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Arturo Borra: “Poesía como exilio. En los límites de la comunicación”

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Discos

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Tom Cowsert, pintor colorista norteamericano

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All Ways – Sharon Fridman

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Fortuny (1838-1874)

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Natalia Lafourcade, desde la raíz

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Olivia Laing: “La ciudad solitaria”

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Discos

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Escandar Algeet: “La risa fértil”

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El sexto poemario de Escandar Algeet podría considerarse un libro de confluencia: en él encontramos todas las líneas que han ido marcando sus anteriores entregas. En cada una de las secciones de Más»

 

Harold Pinter: “Regreso al hogar”

por Julia Sáez-Angulo

(Teatro Tribueñe. Madrid. Del 12 de enero al 2 de febrero 2018)

El dramaturgo inglés Harold Pinter es un autor de culto, de acierto seguro en describir la condición humana en el ambiente o la esfera que se sitúe. Algunos no queremos perdernos nunca una de las representaciones de su obra –en España se le admira y se cuenta con él en la escena. Regreso al hogar, dirigido por Irina Kouberskaya en el Teatro Tribueñe en una obra de las más duras, fuertes y quizás soeces de Pinter, pero vale la pena verla, porque sacude ciertas conciencias en el conocimiento de personajes de un suburbio tras la II guerra mundial en Inglaterra.

La obra Regreso al hogar se representa los viernes a las 20 horas y no está recomendada para menores de 18 años. No falta el desnudo integral.

Irina Kouberskaya ha hecho una puesta en escena inteligente, dura, teatral, donde los gestos hablan tanto o más que la palabra de unos personajes arrogantes míseros o autosuficientes dentro de su vulgaridad o vida cotidiana. La obra es un espejo de un ambiente de familia, de la relación o más bien visión de la mujer por cierto grupo de hombres; de la defensa y hasta cierto orgullo de la sangre; de la retórica cómica de ellos en momentos puntuales…

En Regreso al hogar se perciben conductas y actitudes de conveniencia de psicólogo o psiquiatras –todos las tenemos-, algo que destila al mismo tiempo cierta ternura ante la dureza y cierto despertar de compasión en el sentido griego de la palabra “pathos”. Un cierto expresionismo se filtra en la obra y su montaje.

Uno de los tres hijos del viejo Max regresa con su esposa de los Estados Unidos después de diez años de ausencia y vuelve a encontrarse con su padre, hermanos y tíos, que siguen con sus discusiones, obsesiones y paranoias, renovada ante la presencia del visitante y su mujer, algo que trae a la memoria el trato y conducta de la madre ausente y muerta y el trato ante ellas.

Escatológico el comienzo, así dispuesto por Pinter en toda una alusión a las heces humanas. A los actores no se les puede pedir más: bordan los personajes bien dirigidos por Irina Kouberskaya (en el Este europeo se sabe hacer muy buen teatro, sobre todo con autores con Chéjov).

Los nombres de lo intérpretes: Fernando Socuela en Max, el padre, absolutamente espléndido; Rocío Osuna/Irene Polo en Ruth; David García en Lenny; Miguel Pérez-Muñoz en Joey, el hermano tartamudo, absolutamente formidable sin miedo a caer en la hipérbole; Pedro Alvir/Pablo Múgica, en Teddy; Miguel Ángel Mendo, en Sam, nos transmite un personaje muy tierno.

Uno sale de esta obra respirando fuerte para recuperar el aliento. Esta fue la vida, esta sigue siendo muchas vidas: la euforia y la supervivencia de los débiles; la lucha por la vida que diría Pío Baroja.