Balthus

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Discos

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Grupo Infantas: Exposición

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José Ramón Blanco: “Los amores de la duquesa. Último viaje de Lucrecia Borgia”

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Un lugar donde estar es el primer poemario de un autor conocido ya en el campo de la narrativa en la que ha cosechado premios y distinciones. Esta primera incursión en la Más»

 

Eduardo Arroyo, le retour des croisades

por Alberto López Echevarrieta

(Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 30 de noviembre de 2017 al 9 de abril de 2018)

Me atrevería a decir que esto es un reencuentro de íntimos amigos. Lo primero que ha hecho Eduardo Arroyo en la presentación de la exposición que tiene en Bilbao ha sido reconocer el feeling especial que existe entre el artista y el Museo de Bellas Artes de Bilbao donde ahora presenta 43 obras, algunas de ellas de última hornada. No se ha quedado corto, porque ha confesado también su admiración por el director de la pinacoteca, Miguel Zugaza, y por su padre, Leopoldo, prohombre de las artes vascas, sin olvidar a la entidad que patrocina el evento, la BBK.

Todo empezó en 1994 cuando en la misma sala se presentó la muestra Eduardo Arroyo. Tamaño natural, 1963-1993 que constituía una especie de retrospectiva. Casi 25 años después repite visita tras el reciente éxito obtenido en Saint-Paul-de-Vence (Francia) con motivo de su 80 cumpleaños. Algunas de las obras allí presentadas se pueden ver ahora en Bilbao “gracias al milagroso quehacer de este museo” en palabras de Fabienne Di Rocco, comisaria de la exposición y que acaba de publicar una biografía del artista con el que trabaja desde hace 28 años.

“Estuve muy contento con la muestra francesa, pero ésta la ha superado, ha señalado Arroyo. Es una muestra muy importante para mí. También sorprendente, porque hace cuatro o cinco meses no tenía ni idea de ella”. Con voz ronca, el artista madrileño ha reconocido la fascinación que en su momento le causó la visión del célebre cuadro La víctima de la fiesta, de Zuloaga. “Cuando lo tuve ante mí me dije que tenía que hacer algo sobre él, porque me dejó impactado por cuanto representa. Por fin he hecho una réplica-homenaje al pintor vasco en ‘Le retour des croisades’ en el que dejo patente la situación de desolación de dos figuras tras un combate perdido. Es la visión que tengo de la actual España, desolada en muchos aspectos”.

El cuadro de Arroyo es un óleo sobre lienzo de gran tamaño (200×300 cms.) que cuelga frente al de Zuloaga, por lo que la comparación entre ambos es inmediata. Pero en la muestra bilbaína hay más homenajes: Van Gogh sur le billard d’Auvers-sur-Oise es su particular tributo al holandés. De la misma forma que en varias obras recuerda el genio creativo del arquitecto finlandés por excelencia, Alvar Aalto, en tres óleos sobre papel en los que claramente expone el mundo imaginativo del nórdico. O el Gerónimo/Cyrano de Bergerac en piedra, acero y madera con el que rinde pleitesía a Edmond Rostand, sin olvidar Sylvia Beach fête la publication d’Ulysse dans la cuisine d’Adrianne Monnier donde Arroyo agradece a Sylvia Beach y Adrianne Monnier la fe que tuvieron en su día para publicarle a James Joyce el Ulises, cuando nadie confiaba en el escritor.

Hay también homenajes a Balzac, Tolstoi, Dante… Todo ese universo que formó el espíritu y la conciencia del artista.

“Me consideran que hago muchas cosas, cuando en realidad soy un pintor abierto a otras experiencias del arte, como son la literatura, las ilustraciones para libros, los decorados teatrales… aunque creo que esta última actividad la he dejado aparcada tras la escenografía de ‘Las mil noches y una noches’ que hice en Sevilla para un texto de Vargas Llosa. Ha pasado mi hora del teatro. Hay que trabajar en cosas que te sorprenden”.

La actividad teatral de Arroyo está representada por Don Juan Tenorio (320×420 cms.), un óleo sobre lienzo que se muestra junto a Doña Inés en bronce y hierro, y Frida Kahlo/Don Juan Tenorio en piedra, cerámica y plomo. En cerámica y madera sus recuerdos a dos figuras de la escena, Josephine Baker y La Tirana.

La exposición de Eduardo Arroyo ocupa la sala que dejó vacante la muestra de Alicia Koplowitz, uno de los grandes hitos en la historia moderna del Museo de Bellas Artes de Bilbao, y cuyo impacto espera repetir si no superar.