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Sarah McKenzie, música como mantra

por Xavier Valiño

Hace tres años y medio que la cantante y pianista Sarah McKenzie participó en el concurso Umbria Jazz Festival: fue premiada con una beca especial para a asistir la icónica facultad Berklee College of Music. Dieciocho meses después se graduó con un Diploma en Interpretación Jazz e inmediatamente fue detectada por Jean-Philippe Allard, responsable máximo del sello Impulse!. Hace poco se editaba We Could Be Lovers, el cautivador debut de Sarah McKenzie con Impulse! Records, que introduce al escenario del mejor jazz el nombre de esta pianista, cantante y compositora de 27 años, quien define de forma sucinta sus objetivos: hacer una gran contribución al jazz. “Quiero ser la mensajera que fuerce los límites para llevarlos más allá,” explica Kate.

Como evidencian las vigorosas composiciones originales de McKenzie, junto a los grandes clásicos del jazz americano y un par de joyas en forma de versiones de rarezas, McKenzie fundamenta sus aspiraciones con un profundo y sincero respeto por la tradición jazzística, además de transitar por una avenida personal compositiva cuando cita a nombres de la talla de  Duke Ellington, Oscar Peterson, Gene Harris y Shirley Horn como sus referencias, su estrella polar particular.

Con ayuda del veterano productor Brian Bacchus, McKenzie ha reunido a un respetado elenco de músicos que incluyen al trompetista Ingrid Jensen, el vibrafonista Warren Wolf, el guitarrista Hugh Stuckey, el bajista Alex Boneham, el batería Marco Valeri y los saxofonistas Yosvany Terry y Troy Roberts. Antes de grabar McKenzie consolidó su relación con la sección rítmica gracias a numerosas actuaciones en directo. Debido a la rica paleta de los arreglos de McKenzie, los vientos y el vibrafonista fueron reclutados para mejor implementar su visión sónica.

En cuanto a los temas que aborda, “That’s It, I Quit” es una canción semiautobiográfica, donde la cantante, desde su frustración, establece su relación con la música como si se tratase de un amante. “Compuse esta canción para mi divertimento y para dotarme a mí misma de un poco de esperanza”, dice. “La compuse mientras estudiaba en el Berklee College of Music durante un periodo en el que afrontaba serios obstáculos artísticos al interpretar al piano. Siempre se me ha dado bien la música, pero no he sido una niña prodigio”,  aclara la pianista. “Desarrollar mi arte ha sido duro, si no me hubiese esforzado más aún, no hubiese logrado entrar en Berklee”.McKenzie magnifica la sensibilidad amorosa en el tema que da título al disco, una balada que la cantante defiende como su mejor composición hasta la fecha, por su evocadora letra. “Es difícil sentirse satisfecha con tus propias composiciones, siempre queda algún error por subsanar. De esta me siento orgullosa sin embargo, porque trabajé mucho el texto para no caer en lugares comunes”, explica Kate. “Soy una devota de la rima porque su estructura es para la que hay que trabajar. Ser capaz de crear una rima que suene natural es muy complicado”, afirma McKenzie. Con alusiones a los cambios de estación, la añoranza romántica y un amor no correspondido, McKenzie interpreta los versos con un fraseo a veces dialogado y otras meditativo, traído  a flote por unos arreglos que transportan al oyente a la cromática clásica del estilo Ellington, con acolchadas armonías y un tempo muy sensual.

La suave bossa nova “Quoi, Quoi, Quoi” es la última de las piezas originales de McKenzie. Con sus sinuantes ritmos y una caprichosa letra que llama la atención desde el comienzo, narra el maravilloso sentimiento del enamoramiento y la composición  permite a Kate explorar su querencia por las melodías temáticas y las palabras sin sentidos. “Además del exquisito solo de trompeta de  Jensen, la canción ofrece una oportunidad para mostrar la graciosa melodía acompañada de la flexible guitarra de  Stuckey, acentuándolo todo por el escaso contra ritmo a la caja de la batería de Valeri”.

McKenzie rinde tributo en el disco a dos formidables líderes de bandas femeninas que se han convertido en sus  ídolos, Betty Carter y Abbey Lincoln. En el álbum, McKenzie realiza una versión del tema de Carter “Tight”, una composición clásica que resulta ser engañosa y difícil de ser ejecutada, tanto a la voz como por los músicos que la acompañan.  En la versión de  McKenzie se acelera el ritmo mientras que se conserva parte del original con paradas repentinas, pero poniendo el acento en el contra ritmo; la versión también cuenta con Roberts y Stuckey que inyectan su mezcla de figuras bebop, derivando al robusto solo del saxo tenor de Roberts bajo el acompañamiento del piano de McKenzie.Más adelante en el disco McKenzie hace una versión del tema de Lincoln “The Music Is the Magic”, donde la hechizante letra se mide con sus arreglos funky, engalanados con la guitarra rítmica de Stuckey, alegres palmas y una batería danzante; todo unido constituye un guiño a la samba brasileña y al ritmo de Nueva Orleans. “‘The Music Is the Magic’ es mi mantra,” comenta McKenzie. “Me atrajo la canción por tener un título tan poderoso”.

McKenzie redondea el contenido de We Should Be Lovers con más material extraído del cancionero americano. Se reafirma con la balada de Cole Porter de 1938 “At Long Last Love”, con una marcada sensibilidad blues, lograda en parte gracias a la maestría de la intro de Boneham al bajo, la guitarra de Stuckey y el escueto solo con swing al piano de McKenzie, que es una tímida infidelidad a su deuda para con Oscar Peterson, quien también hizo una famosa versión del tema.

En la provocativa lectura de la canción de Jimmy Davis, Roger Ramírez y James Sherman de 1941 “Lover Man (Oh Where Can You Be?)”, un éxito clásico interpretado por  Billie Holiday,  McKenzie escarba profundamente en el sentimiento blues, arrullando la melancólica letra, arropada por  una banda a pleno swing y por los deslizantes acordes de la guitarra de Stuckey, que dan paso al músculo de Roberts al saxo.

We Can Be Lovers concluye con un chisporroteante homenaje al clásico de  Henry Mancini y  Johnny Mercer “Moon River”, una canción con “un texto encantador acompañado de la guitarra de  Stuckey, que teje un acompañamiento tan delicado y fino como la tela de una araña en un estilo que recuerda a la actuación de Audrey Hepburn en la película de 1961 Desayuno en Tiffanys”.