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Arcade Fire, calles sin niños

por Xavier Valiño

Ahora son uno de los más grandes grupos del planeta aunque hace siete años prácticamente no los conocía nadie. Todo estalló tras editar su debut en 2004, Funeral, un disco amargo compuesto por Win Butler, líder del grupo, entre los 16 y los 20 años, y que hablaba de la desaparición de varios seres cercanos. De los pequeños recintos a los grandes estadios, Arcade Fire convenció a todos con su primer disco y sus incendiarios directos, empezando por David Bowie, que regaló 100 copias del álbum a sus amigos y familiares, además de compartir un EP con ellos, y continuando por otros de los grandes del rock, que también se confesaron absolutos devotos de los canadienses.

Neon Bible, su continuación, llegó en 2007, y su temática tampoco era la habitual para un disco de su envergadura: hablaba de religión y del mundo del pop, algo que no es precisamente el camino más simple para un grupo que se situaba ya en otra dimensión, aunque el disco convenció y fue impulsado por sus hipnóticos directos.

Recién editado, The Suburbs es el tercer disco de la banda. Compuesto, arreglado, interpretado y producido por el propio grupo, con la ayuda de Markus Dravs, The Suburbs fue grabado en Montreal y Nueva York durante los dos últimos años. En septiembre lo presentan en Santiago de Compostela y en noviembre en Madrid y Barcelona.

The Suburbs (Los suburbios) tiene mucho que ver con una frase del novelista Thomas Wolfe: “No puedes volver a casa de nuevo”. Arcade Fire lo saben porque ellos mismos lo han intentado. Pero cuando los recuerdos de la juventud provienen de suburbios construidos más por conveniencia que por algo que tenga que ver mínimamente con la permanencia, esos recuerdos se convierten en algo muy difícil de rastrear. El grupo, proveniente de Montreal, ya había explorado en parte el tema de su vecindario en su rompedor álbum de 2004 Funeral, disco que fue posteriormente elegido por varias publicaciones, entre ellas Rolling Stone, como el mejor de la pasada década.

En 2009, durante un año sabático tras la gira mundial de su disco del 2007 Neon Bible, su líder Win Butler recibió un correo electrónico de un viejo amigo que creció con él en los suburbios de Houston, Texas. “Nos mandó una foto suya con su hija sobre los hombros en el centro comercial que estaba al lado de mi casa”, dice Win, “y la combinación de ver ese sitio tan familiar y a mi amigo con su hija me trajo de vuelta muchas sensaciones de esa época. Intentaba acordarme del lugar donde crecimos y rememorar lo máximo posible”.

“Al mismo tiempo, otros miembros de la banda con orígenes similares en suburbios canadienses de diferentes partes del país habían vuelto a visitar sus entornos de la infancia”, continúa Win, “y, en algunos casos, para encontrar lo poco que quedaba: los edificios habían sido precintados en el caso de que siguieran en pie, habían aparecido nuevas calles y ríos como por arte de magia, alterando el terreno que ahora sólo permanecía en las fotografías desvaídas”.

Cuando se reunieron de nuevo, la primera canción que compusieron fue el tema que daba título al álbum The Suburbs. “Empezamos a trabajar en la canción y cuando empezó a sonar su música sentimos que estábamos haciendo un álbum”, dice Win. “Cuando las canciones de The Suburbs empezaron a tomar forma, surgió un grupo coherente de temas que bebían de la pérdida y la renovación, de cómo surge la inspiración de la escasez, de generaciones pasadas y futuras, de responsabilidad y madurez, de la esperanza de que la pureza perdure”.

No son temas precisamente inusuales para la banda, ya que algunas de estas nuevas canciones podrían haber encajado en su debut del 2003, el EP Us Kids Know. Pero si Funeral se dejó llevar por la exuberancia juvenil y su relación con la muerte, y Neon Bible absorbió el peso de un mundo que se les venía encima, The Suburbs, como su propio nombre indica, se revela como un espacio abierto, con reflejos y largos recorridos, contemplando nuevas posibilidades, en especial en su sonido, que ha dejado atrás la épica para acercarse a un rock más convencional.

En el álbum también hay más variedad que en los discos precedentes de Arcade Fire, con elementos de pop (“Modern Man”), temas new wave de épica congelada (“No Celebration”), himnos punk (“Month of May”) y lujuriosas baladas (“Suburban War”). De todas formas, también siguen componiendo temas de difícil manejo como “Empty Room” o “Ready to Start”, con textos que desprecian el tiempo perdido y que hablan de brazos cruzados y ciudades sin niños.

“Todavía creemos que se necesita un mundo para interpretar una canción, pero que hay espacio suficiente para que cada tema respire, ya que los pequeños detalles surgen gota a gota”, asegura Win. “Esa atención al detalle, esa negación a obtener respuestas fáciles, personifica lo que Arcade Fire es y hace”.

Desde una posición independiente, el grupo ha intentado afrontar la presión llegada desde todos los rincones de la industria musical, creando al margen del control del sistema de multinacionales, aunque sus discos sean distribuidos por una de ellas fuera de Norteamérica, y obteniendo, sin embargo, un gran éxito, gracias a la combinación del boca a oreja, las redes de Internet y unos conciertos a la vieja usanza.

“Hemos tenido la suerte de que nos dejaran a nuestro libre albedrío,” dice Win. “Esto nos ha permitido tener mucho control sobre nuestro destino, cosa que nunca han tenido muchas bandas que admiro o que, quizás, sólo tuvieron al final de su carrera. Nos sentimos muy afortunados porque, ¿qué más se puede pedir? Hemos hecho los discos como queríamos y ésa es la mejor posición posible”.